En medio de un torbellino político, el presidente estadounidense, Donald Trump, ha dejado claro que no se amedrenta ante el poder judicial. En un mensaje contundente en su red TruthSocial, afirmó que «quien salva a su país no viola ley alguna». Este comentario llega justo cuando la Casa Blanca arremete contra los jueces que han bloqueado sus órdenes ejecutivas.
La secretaria de Prensa, Karoline Leavitt, no dudó en calificar esta situación como una auténtica «crisis constitucional», señalando a esos magistrados de distritos más liberales por supuestamente abusar de su autoridad para frenar las decisiones del presidente. Sin embargo, es importante recordar que las órdenes ejecutivas no son leyes per se; éstas necesitan pasar por el Congreso y pueden ser revisadas judicialmente para asegurar que cumplen con la Constitución.
Un tira y afloja constante
La semana pasada fue especialmente dura para Trump. Un juez federal detuvo una de sus ordenes destinadas a acabar con la ciudadanía por derecho de nacimiento al considerarla potencialmente «inconstitucional». Esto ya es el cuarto tropiezo legal para esta medida desde su llegada al poder. No solo eso; otro juez también paralizó temporalmente una directiva que recortaba fondos federales a proveedores sanitarios que ofrecieran tratamientos a menores trans.
Estas decisiones han hecho estallar las reacciones en Washington. El vicepresidente JD Vance defendió al mandatario asegurando que «los jueces no pueden controlar el poder legítimo del ejecutivo». Por otro lado, Elon Musk fue aún más lejos al pedir abiertamente la destitución de uno de los magistrados implicados en estos bloqueos. A medida que estos enfrentamientos escalan, la procuradora general Sarah Harris trató de minimizar la situación enviando una carta al Congreso defendiendo las acciones del presidente.
No obstante, estas palabras no pasaron desapercibidas para algunos miembros del Partido Demócrata. El senador Adam Schiff expresó sin rodeos en redes sociales: «Ha hablado como un verdadero dictador». Así están las cosas en un país dividido donde cada movimiento cuenta y donde lo legal y lo ético parecen chocar constantemente.