El pasado 7 de marzo, el Teatre de Inca se convirtió en un templo de la música donde las lágrimas y los fuegos infernales se entrelazaron en una experiencia única. La Orquesta de Cámara de Mallorca, bajo la dirección del maestro Bernat Quetglas, ofreció una interpretación del Requiem de Mozart que hizo vibrar hasta los más profundos rincones del alma.
Cada vez que escuchamos esta obra maestra, parece que nos habla desde un lugar nuevo, y eso es lo que sucedió aquella noche. El auditorio estaba a rebosar, y el público se sumergió en esa atmósfera densa que solo se crea cuando la música atrapa nuestros corazones. Cada nota resonaba con una fuerza inigualable mientras las sombras del abismo infernal cobraban vida gracias a la genialidad de Mozart.
Un coro excepcional y solistas brillantes
No hay duda de que el coro fue uno de los grandes protagonistas. El Cor de Cambra de Mallorca demostró una afinación impresionante y una expresividad que dejaron huella. Con cada número fugado, su seguridad y articulación evidenciaron un trabajo previo riguroso. Por otro lado, los solistas vocales como Margarita Rodríguez, Serena Pérez, Francisco Fernández-Rueda, y Jorge Tello, mostraron su indiscutible profesionalidad, aportando esa sutileza necesaria para dar vida a esta obra tan compleja.
Tello brilló especialmente en el Tuba Mirum, dejando claro que su voz es versátil y poderosa. Sin embargo, quizás el trombón sonó un poco fuerte al ser incluido como sustituto de la trompeta por Mozart; pero pequeños detalles no opacaron lo grandioso del momento.
A modo de obertura, también se presentó la obra Transitus liminis, compuesta por el joven talento mallorquín Joan Pérez-Villegas. Una manera perfecta para calentar motores antes del plato fuerte. Al final, tras una interpretación intensa y respetuosa con la partitura original, los aplausos resonaron como eco agradecido entre las paredes del teatro; llenar este espacio con tal profundidad emocional es todo un logro.
A veces nos olvidamos de cómo la música clásica puede seguir encontrando su lugar en nuestros corazones cuando se presenta con pasión y dedicación. Y aquel día quedó claro: los fuegos infernales pueden nacer también desde las lágrimas.

