La inconfundible Rossy de Palma, ese ícono que ha dejado huella en la cultura española desde los locos años ochenta, se prepara para recibir el Premio Málaga del Festival en el vibrante Muelle Uno. A sus 61 años, esta eterna musa de Almodóvar no se conforma con ser recordada; está decidida a vivir una auténtica adolescencia de la vejez. «No creo que antes fuéramos más libres, éramos más inconscientes», dice con una mirada reflexiva. Y es que su trayectoria, salpicada de audacia y pasión por el arte, refleja mucho más que un simple recorrido profesional.
El viaje de una artista sin límites
A lo largo de su vida, Rossy ha tenido la fortuna de experimentar dos mundos: el analógico y el digital. «Viví esos momentos después de la dictadura, cuando todo parecía posible. Era una época especial donde uno improvisaba cada día», recuerda con nostalgia. Su mantra siempre ha sido claro: si los derechos son tuyos, ¡agárralos! Con esa actitud desafiante ha construido amistades profundas a lo largo del camino, como ella misma dice: «Soy millonaria en amistades».
Desde niña se sintió atraída por el arte; comenzó a escribir poesía a los seis años y no ha dejado de explorar nuevas formas de expresión. Aunque reconoce tener un desencanto con la realidad actual, sigue encontrando belleza en lo cotidiano: «Una rosa o un amanecer todavía me emocionan».
No obstante, su mirada hacia el pasado es clara: no hay tiempo para nostalgias. Ahora quiere centrarse en sus propios proyectos artísticos: «Esta década será mi pubertad en la vejez», ríe al hablar sobre su primera exposición como artista plástica que tendrá lugar en Canarias. Además, continúa trabajando como actriz en proyectos contemporáneos que critican las hipocresías del poder.
A medida que avanza esta etapa llena de nuevos retos y oportunidades, Rossy invita a todos a celebrar el presente y seguir explorando las fronteras del arte sin miedo ni limitaciones.

