En el corazón de la Capilla Sixtina, donde se toman decisiones que marcan el rumbo de la Iglesia, un andamio ha comenzado a cubrir el célebre fresco del ‘Juicio Final’. La emoción recorre cada rincón mientras un grupo de restauradores se dispone a revivir esta obra maestra creada por Miguel Ángel. Desde hace más de tres décadas, una capa blanquecina ha ido apagando los vibrantes colores que una vez cautivaron a todos. Pero ahora, con el inicio de este proceso de limpieza, hay esperanza en el aire.
El arte renace
“Hemos tenido que poner un andamio porque necesitamos eliminar esa sal que se ha acumulado”, explicaba Barbara Jatta, directora de los Museos Vaticanos. Aunque muchos siguen entrando a admirar la belleza del lugar, es imposible no notar cómo el ‘Juicio Final’ está parcialmente escondido tras esa estructura. Con 30 restauradores trabajando codo a codo durante las próximas cinco semanas, la expectativa crece. La última intervención fue hace años y dejó huella entre los historiadores; ahora tienen la oportunidad de devolverle su esplendor.
A medida que los expertos aplican agua desionizada con delicadeza sobre las figuras icónicas del fresco, desde Jesucristo hasta las almas en juicio, es como si el arte estuviera despertando lentamente. “Es comparable a quitarse la sal del cuerpo tras un día en la playa”, dice Jatta al observar cómo va desapareciendo esa pátina blanquecina que eclipsaba los colores.
La Capilla Sixtina no solo es un recinto artístico; es un compendio de historia y espiritualidad donde cada pincelada cuenta una historia profunda. Creado entre 1536 y 1541 por Miguel Ángel, este fresco fue tan impactante que se dice que el Papa cayó de rodillas ante su magnitud cuando lo vio por primera vez. Ahora, al ver cómo poco a poco renace bajo las manos expertas de los restauradores, uno no puede evitar sentir una mezcla de asombro y gratitud.
Sin duda, cuando termine esta laboriosa tarea, el ‘Juicio Final’ volverá a impresionar al mundo entero desde su hogar en el Vaticano. Una vez más brillará con toda su intensidad y dramatismo, recordándonos la inmensa capacidad del arte para conmover y provocar reflexión.

