Carmen Thyssen no ha tenido un día fácil. Apenas ha pegado ojo antes de su viaje a Barcelona desde Andorra, conduciendo y aprovechando cada minuto para trabajar y leer catálogos de subastas que caen en sus manos. Como una cirujana en su sala de operaciones, analiza cada detalle, porque sabe que el mundo del arte es un terreno tan complicado como fascinante.
En medio de su apretada agenda, se toma un respiro para charlar con El Periódico de Catalunya. Justo después de intentar hacerse con una obra de un pintor catalán, la baronesa comparte sus pensamientos sobre el legado artístico y la pasión que siente por cada pieza que adquiere.
La vida entre cuadros y pujas
A pesar del velo de discreción que envuelve a los grandes mecenas, Carmen se encuentra entre los 50 coleccionistas más importantes del mundo. Su colección cuenta con piezas valoradas en más de 1.000 millones de euros. «Hablamos de unas 1.500 obras destacadas«, confiesa mientras recuerda cómo su marido, el barón Heinrich Thyssen, tuvo suerte en sus elecciones artísticas.
Pero ser coleccionista no es solo comprar por comprar; es también arriesgarse a perder. «Nos arruinamos y lo seguiremos haciendo», dice con una mezcla de resignación y sabiduría adquirida a base de años en este juego.
La primera obra importante que compró fue durante un viaje a Jamaica, donde encontró un cuadro que capturaba la luz del sol como ella lo recordaba de niña. Desde entonces, esa conexión emocional con las obras se ha convertido en su norte.
A medida que avanza la conversación, Carmen revela que desea tener más liquidez para poder seguir sumando arte a su colección. Pero también reconoce las limitaciones: «A veces te arrepientes cuando el dinero se evapora y ves algo único pasar ante tus ojos».
Carmen ha tenido que desprenderse de algunas obras debido a necesidades económicas; un doloroso proceso al que no quiere volver a enfrentarse. «No contemplo repetirlo más», asegura rotunda, marcando la diferencia entre coleccionar por pasión o invertir por lucro.
Aunque Forbes le atribuye un patrimonio impresionante, ella no cuenta lo que tiene ni tiene intención alguna de vender su colección entera: «Soy eterna», bromea mientras reflexiona sobre el legado que dejará atrás.
No teme por lo que sucederá con sus obras cuando ya no esté; está atenta y ordenada respecto a su legado. Aconseja a sus herederos esperar 20 o 30 años antes de decidir vender; tiempo necesario para comprender verdaderamente lo valioso que tienen entre manos.
En medio del intercambio sobre arte y vida personal, también menciona su amor por pintar: «Es algo maravilloso; yo soy autodidacta y me hace feliz».

