La reciente pérdida de José van Dam, el pasado 17 de febrero, nos deja un vacío difícil de llenar en el mundo de la ópera. Con 85 años, este bajobarítono ha sido una figura fundamental en el panorama lírico europeo durante la segunda mitad del siglo XX. Su nombre queda grabado en nuestra memoria, especialmente en Mallorca, donde su legado se entrelaza con el del compositor Toni Parera Fons, gracias al disco Les trente-trois noms de Dieu. Un proyecto que, basado en los textos de Marguerite Yourcenar, consiguió dar vida a una reflexión literaria a través de la música.
Una carrera marcada por la pasión y el compromiso
Formado en el Conservatorio de Bruselas y estrechamente ligado a La Monnaie y la Ópera de París, Van Dam no solo ofreció actuaciones sobresalientes, sino que también supo fusionar estilos y épocas con una naturalidad asombrosa. Desde Mozart hasta Wagner, su repertorio abarcó una amplia gama musical que conquistó corazones. Su imagen artística también encontró su camino en el cine; muchos lo recordamos interpretando al maestro de canto en Le Maître de musique o su poderosa participación en Don Giovanni. Estas representaciones no solo fueron actuaciones; fueron ventanas a su alma.
Aunque ya no esté físicamente entre nosotros, su manera única de entender el canto como un acto responsable perdurará para siempre. Al escuchar sus interpretaciones, uno puede casi sentir cómo cada nota se convierte en meditación. Así es como debemos recordarle: como alguien que entendía profundamente la emoción detrás del arte y logró transmitirla con cada interpretación. La herencia musical que nos deja es un testimonio vivo de su talento y compromiso.

