En un rincón de Barcelona, la tarde del viernes se convirtió en un remanso de emociones. Alba Flores, conocida por su talento actoral y su legado familiar, llegó al centro penitenciario de mujeres de Wad Ras para presentar el documental ‘Flores para Antonio’. Este encuentro no solo fue una proyección, sino un puente entre dos mundos que, aunque distantes, comparten historias profundas.
Recuerdos y realidades compartidas
A medida que Alba tomaba la palabra, las reclusas la recibieron con un fervor palpable: palmas y cánticos resonaban en el ambiente. «Estoy aquí por vosotras», dijo con sinceridad. La actriz recordó a su padre, Antonio Flores, cuya vida estuvo marcada tanto por su arte como por sus batallas personales. En ese momento, las paredes de la prisión parecían desvanecerse y el diálogo fluyó como si fueran viejas amigas poniéndose al día.
El coloquio posterior fue intenso. Las preguntas sobre duelo y el estigma del consumo de drogas hicieron vibrar los corazones presentes. Alba destacó lo absurdo de los prejuicios hacia quienes han vivido experiencias difíciles. «No hay tantos juicios contra aquellos que roban millones», reflexionó, dando voz a una realidad que muchas veces pasa desapercibida.
Las reclusas Gemma y Laura no dudaron en expresar su agradecimiento: «A la cárcel no viene nunca nadie». Sus palabras resonaron con fuerza; tras cada frase se sentía la necesidad de conexión y reconocimiento. Y así, en esa atmósfera íntima y desgarradora, todas terminaron llorando juntas.
«La vida de mi padre fue mucho más que su adicción», afirmó Alba con determinación, subrayando que nuestra identidad va más allá de nuestras circunstancias o errores pasados. Así concluyó una tarde donde el arte se convirtió en un vehículo poderoso para sanar heridas y construir puentes entre realidades aparentemente opuestas.

