En 1604, Juan de la Cuesta cerraba la impresión de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, una obra que no solo marcaría un hito en la literatura española, sino que también dejaría un legado lleno de anécdotas. Imagina a los lectores de aquella época, sumidos en las aventuras de Alonso Quijano y su inseparable escudero Sancho Panza. En ese mundo literario, encontramos al pobre Sancho lidiando con un problema que nos parece casi cómico hoy en día: el destino errante de su querido rucio.
Un viaje sin rumbo claro
Recorriendo Sierra Morena en el capítulo 25, Sancho se enfrenta a la desesperación tras perder a su burro. Uno podría imaginarlo gritando: «¡Cómo es posible!» Sin embargo, lo más sorprendente es que este asno desaparece para luego reaparecer misteriosamente en el capítulo 46, como si nada hubiera pasado. Esto no es más que un resbalón del autor, algo que le costó más risas y burlas de lo que él probablemente habría deseado.
Cervantes, consciente del error, se vio obligado a hacer una corrección apresurada en una segunda edición publicada ese mismo año. Intentó explicar el robo del rucio insertando pasajes sobre su captura y recuperación. Pero ¿quién puede seguirle el ritmo? La narración sigue siendo confusa. Incluso Lope de Vega aprovechó para reirse con versos satíricos dedicados a Cervantes por esta metedura de pata.
Así las cosas, tres versiones diferentes del mismo episodio vieron la luz en menos de tres años. Y aunque pueda parecer trivial hoy, esto debió causar más revuelo entre los lectores de la época que lo imaginamos. Cuando finalmente llegó la segunda parte del Quijote en 1615, Cervantes hizo referencia al asunto con humor durante una conversación entre personajes clave; ahí estaba Sancho nuevamente explicando cómo había recuperado su burro perdido.
Al final del día, los errores pueden ser nuestros mejores aliados. El lío con el rucio ha sido parte integral de lo que hace tan fascinante a Cervantes: esos pequeños tropiezos contribuyen al gran tapiz narrativo y enriquecen nuestra experiencia lectora hoy día. Así son las cosas con los genios; incluso sus fallos terminan brillando como parte esencial de su legado.

