En el corazón de Palma, en la emblemática plaza Gomila, un personaje enigmático dejó su huella indeleble en el mundo del ocio nocturno. Hablamos de Tito Cungi, un italiano que no solo se destacó como cantante y cocinero en los años 30, sino que también fue el fundador del famoso restaurante Titos. Su historia es un viaje a través del tiempo que nos recuerda cómo un simple local puede convertirse en un símbolo de una época.
Aquellos años 30 fueron testigos del auge de la colonia extranjera en El Terreno, donde Tito comenzó a hacerse un nombre al deleitar a sus clientes con exquisitas recetas italianas y melodías cautivadoras. En 1934, tras alquilar un local que alguna vez había sido una tienda de artesanías, abrió las puertas de Titos. Y lo hizo a lo grande: el lugar combinaba elegancia con diversión, ofreciendo no solo deliciosos platos como los Ravioli a la Tito, sino también música y baile bajo las estrellas.
Un éxito efímero pero memorable
La inauguración fue todo un evento; con una cena elegante que atrajo a los más destacados miembros de la sociedad palmesana. Pero tan rápido como llegó el éxito, comenzaron los problemas. A finales de ese mismo año, Tito abandonó su creación sin dejar rastro claro sobre por qué lo hizo. Quizá los desafíos financieros o diferencias con socios lo llevaron a tomar esa drástica decisión. Lo cierto es que Titos siguió adelante bajo nuevas manos, pero nunca olvidó sus raíces.
A pesar de su corta estancia al mando, Cungi legó más que solo su nombre; estableció un modelo donde gastronomía y entretenimiento convivían armoniosamente. Sin embargo, su figura se desvaneció casi tan rápidamente como surgió: desapareció sin dejar rastro y nunca volvió a ocupar el centro del escenario social.
Hoy día, el edificio original sigue allí, aunque ha perdido gran parte de su esplendor histórico. Convertido en algo impersonal frente al bullicio moderno del Paseo Marítimo, parece olvidar sus días dorados como epicentro del ocio palmesano.
A medida que Palma continúa transformándose, muchos anhelan ver resurgir ese espíritu vibrante que una vez definió lugares como Titos. La historia nos recuerda cómo unos pocos pueden cambiarlo todo; incluso si esos cambios son efímeros.

