En el corazón de Binissalem, una historia familiar se ha vuelto a tejer gracias a Antoni Martí. Este apasionado del vino ha logrado revivir la tradición vinatera que su familia había dejado atrás. Su aventura comenzó con un legado: el celler de su bisabuelo, Can Fumat, fundado en 1880. Al recordar los tiempos en los que su abuelo y su tío trabajaban la tierra, se dio cuenta de que no podía dejar que esa historia se perdiera en el olvido.
Recuperando raíces y sembrando sueños
Antoni no es solo un funcionario; es un soñador que ha transformado una herencia olvidada en un proyecto vibrante. En 2010, cuando heredó una finca pedregosa llamada Can Caleu, decidió dar un giro a su vida. «Recuperé los ceps de mantonegro y arranqué los garrovers», recuerda con nostalgia mientras habla del proceso de volver a plantar viñas. Con cada año, la pasión por el vino creció; así fue como en 2016 amplió sus cultivos a otra parcela, semeando callet, moll y sirá.
A lo largo de los años, la dedicación y amor por este arte lo llevaron a plantar más vides hasta alcanzar las 3.5 hectáreas hoy día. Aunque al principio vendía sus uvas a otros cellers, siempre tuvo claro que quería hacer algo especial: «No saqué mi primer vino al mercado hasta 2021 porque debía ser de calidad», dice con orgullo refiriéndose al Mantonegro 2024 que presentará pronto.
Con cada botella embotellada se siente más cerca de sus antepasados y más conectado con su comunidad vitivinícola. En cada sorbo hay historia, esfuerzo y sobre todo un homenaje a las raíces familiares. La travesía hacia el renacer del vi de Can Fumat no solo es un viaje personal para Antoni; es también una celebración colectiva para todos aquellos que valoran la tradición vinatera mallorquina.

