En el apasionante mundo del vino, cada botella cuenta una historia, un viaje lleno de matices. Y entre todos esos relatos, los vinos dolços tienen un encanto especial que no se puede pasar por alto. Sí, son esos caldos que, aunque técnicamente se definen con cifras como 45-50 g/L de azúcar, en realidad esconden un proceso artesanal donde el tiempo y la dulzura se entrelazan.
Durante la fermentación, los azúcares naturales del raíz, como la glucosa y la fructosa, se transforman en alcohol. Pero aquí la estrella es sin duda la fructosa, que brilla con todo su esplendor. Para lograr esas concentraciones dignas de un rey, los viticultores escogen variedades con gran potencial de dulzor y las cosechan en su punto óptimo de maduración. Una técnica muy reconocida es la de los vinos fortificados: añadiendo alcohol vínico para detener la fermentación y así conservar ese delicioso azúcar residual.
Maridajes para el alma
No podemos hablar de vinos dolços sin mencionar cómo maridan maravillosamente con postres igualmente dulces. Como norma general, el vino debe ser más dulce que el propio postre; así que si tienes unos deliciosos frutos rojos o cítricos a mano, los Rieslings blancos son perfectos compañeros. ¿Y qué hay del chocolate? Ahí entran en juego nuestros amados vinos tintos.
Pero lo cierto es que maridar vino con música es todo un arte en sí mismo. Desde el clásico Sugar, Sugar de The Archies hasta el vibrante Azuquita de Celia Cruz —quien no solo canta sobre dulzura sino que también nos hace sentirla— cada nota complementa cada sorbo. Imagina degustar un xeres dolç, mientras suena una melodía tan rica como este néctar divino.
Cada copa puede ser acompañada por distintas melodías; desde una ópera clásica mientras saboreas un Porto hasta piezas más alegres como las danzas del ballet El trencanous con una copa de moscatel en mano. La música refleja esa diversidad tanto como lo hacen los vinos dolços: siempre hay algo nuevo por descubrir y disfrutar.

