En el corazón de Algaida, encontramos el Restaurante Cal Dimoni, un rincón emblemático que ha sido testigo de más de 60 años de la vida mallorquina. Este restaurante, fundado en 1958, se alza orgulloso en la carretera de Manacor, manteniendo viva su esencia a pesar del paso del tiempo. La nostalgia envuelve su historia, pues una postal de 1964 nos recuerda que incluso entonces ya se utilizaba como herramienta publicitaria para atraer visitantes a esta joya culinaria.
Dimonis: Más que un simple disfraz
Pero si hay algo que verdaderamente resalta en este lugar son los dimonis. Estas figuras coloridas no son solo parte del folclore; son el alma misma de la cultura popular mallorquina. Cada enero, durante la fiesta de San Antoni, cada pueblo revive el ritual con su propio dimoni, creando una conexión profunda entre los habitantes y sus tradiciones. Ellos representan un juego entre el caos y la celebración, rompiendo las barreras cotidianas y transformando nuestras calles en espacios compartidos donde todos participamos.
Aunque parezca que estos personajes siempre han estado ahí, lo cierto es que hay matices ocultos en su historia. En realidad, el dimoni que aparece en esa foto no era uno auténtico; era un hombre disfrazado que paraba autocares repletos de turistas en los años 70. Es curioso pensar cómo hace tres décadas este mismo personaje recorría mesas en busca de risas y caramelos para los más pequeños. Así fue como comenzó ese espectáculo turístico que ha convertido lo tradicional en un espectáculo casi ficticio.
No obstante, no todo ha sido explotación turística. Pensemos también en los Cossiers, esas danzas tradicionales presentes por toda Mallorca. En Valldemossa o Algaida solían ser ofrecidas principalmente para deleitar a los turistas durante los años sesenta. Sin embargo, gracias al esfuerzo incansable de unos jóvenes apasionados hace medio siglo, estas danzas han vuelto a brillar con luz propia y hoy son celebradas con fervor por toda la comunidad.
A veces olvidamos la importancia de nuestras tradiciones hasta que nos damos cuenta de que somos parte vital de ellas; son recuerdos heredados año tras año por nuestros ancestros. Y aunque algunas veces hayan tenido tintes turísticos, siguen siendo un vínculo poderoso con nuestras raíces.

