Cuando caminamos por una galería de arte abstracto, es fácil escuchar comentarios como «esto lo podría hacer mi perro». Suena lógico, ¿verdad? Si una obra no se parece a nada en particular, cualquier ser vivo podría crearla. Pero aquí viene la sorpresa: esa creencia se desmorona ante la investigación. Nos hemos dado cuenta de que, al observar con atención, podemos distinguir si una pieza fue creada por un humano o por un animal, incluso sin saber exactamente cómo lo hacemos.
Un vistazo a lo que somos
Un reciente estudio ha revelado aspectos fascinantes sobre esta habilidad. Se recogieron diez obras abstractas pintadas por personas sin formación artística y otras diez realizadas por chimpancés. Con estas obras, los participantes debían decidir su origen; y adivinen qué: ¡acertaron más allá de lo esperado! Hasta cuando las imágenes fueron modificadas para igualar colores y texturas, seguían reconociendo la huella humana.
Esto nos lleva a cuestionar: ¿qué elementos visuales hacen que sintamos esa intención detrás de cada trazo? En otro experimento, se pidió a un nuevo grupo evaluar las mismas obras según su intencionalidad y equilibrio. Los resultados mostraron que los humanos obtuvieron mejores puntuaciones en prácticamente todo menos en complejidad. Esto significa que aunque no eran necesariamente más elaborados, sí parecían más organizados y con propósito.
A medida que nuestro cerebro busca patrones y señales de intención en cualquier cosa a nuestro alrededor, también en el arte, estamos respondiendo a algo profundamente arraigado en nuestra evolución como seres sociales. Saber cuándo algo fue creado por otro humano ha sido crucial para nuestra comunicación y colaboración a lo largo del tiempo.
Es interesante notar que aquellas obras que percibíamos como más deliberadas tendían a gustarnos más. Tal vez es porque estamos predispuestos a valorar los patrones generados por nuestros semejantes. Al final del día, este estudio deja claro algo fundamental: el arte abstracto no es solo un caos aleatorio; tiene características propias del ingenio humano que nuestro cerebro reconoce automáticamente.
Así que la próxima vez que alguien mencione eso de «lo hace mi perro», quizás debamos recordar que hasta los garabatos más simples llevan consigo la impronta de ser hechos por manos humanas.

