Este martes, Palma se despide de Miguel Font, un gran maestro de la fotografía mallorquina. A los 77 años, este referente del documentalismo humanista nos deja un legado en blanco y negro que habla por sí mismo. Formado en la escuela Richter-Elisava de Barcelona, pronto regresó a su querida Ciutat, donde estableció su estudio y comenzó a retratar la vida urbana con una mirada única.
Un legado sincero y auténtico
Font era un apasionado del blanco y negro; para él, cada fotografía era una ventana al alma humana. No creía en trucos ni retoques: su método era directo y honesto. Las imágenes que capturaba eran reflejos fieles de personas anónimas inmersas en sus rutinas diarias. Se dedicó a ciudades como Palma, La Habana o Tel Aviv, creando series memorables que aún resuenan en nuestra memoria colectiva.
A lo largo de su carrera, tuvo la oportunidad de exhibir su obra en importantes espacios culturales. Desde «Fotografía en las Baleares» hasta exposiciones monográficas como «Miquel Font, fotografiando Palma 1993-2004», cada muestra fue un reconocimiento a su mirada penetrante sobre la ciudad y sus gentes. Su trabajo no solo impactó localmente; también participó en exposiciones internacionales desde Barcelona hasta Rusia.
Además de ser un fotógrafo excepcional, colaboró con escritores como Miquel Segura para crear el libro «Cuba/Mallorca. Pasión en blanco y negro», una obra que une dos mundos bajo una misma sensibilidad visual. Con su partida, perdemos no solo a un artista, sino a una voz silenciosa pero crucial para entender la fotografía balear contemporánea.
El legado de Miguel Font sigue vivo entre nosotros: es un testimonio honesto y humano sobre la vida urbana que desafía las modas pasajeras. Su trabajo permanecerá como un faro para futuras generaciones de fotógrafos que buscan contar historias reales sin artificios.

