Volvemos a encontrarnos con ese momento del año que nos divide: las listas de los mejores discos. Estas recopilaciones no son solo una mera suma de álbumes; son un reflejo de lo que está pasando en nuestra cultura. La gran pregunta es: ¿deberían incluir únicamente las obras más brillantes musicalmente o también aquellas que marcan un cambio, que generan conversación y capturan el espíritu del tiempo? Yo diría que hay que buscar un equilibrio entre ambas.
La realidad detrás de los rankings
Como periodistas, muchas veces nos dejamos llevar por lo nuevo y por esa chispa social que ciertas obras pueden encender. Nos atraen esos álbumes que no solo nos hacen mover el cuerpo, sino que también desafían nuestras expectativas, conectan con algo más grande y nos invitan a pensar. Y aquí es donde entran los discos de Bad Bunny y Rosalía, dos gigantes musicales cuyos trabajos han desatado un torrente de opiniones encontradas. Por un lado, amados hasta el extremo; por otro, vilipendiados sin piedad.
No es casualidad esta polarización; vivimos tiempos convulsos donde ambos artistas están rompiendo moldes en sus respectivos géneros. El reguetón siempre ha sido terreno fértil para crear fervores y odios a partes iguales, mientras que Rosalía ha sabido hacerse notar con una promoción arrolladora. Pero más allá del ruido mediático, tanto Lux como Debí tirar más fotos ofrecen mucho más: son álbumes profundos e innovadores con canciones memorables como “Berghain” o “Baile inolvidable”, tocando temas sensibles y rompiendo esquemas.
A menudo se critica a la crítica musical por ser elitista o desconectada del gusto popular, pero ahora parece ser justo lo contrario: ¡estamos recibiendo críticas por alabar a artistas tan populares! Es cierto, nunca lograremos complacer a todos; cada uno tiene su propio paladar musical y hay quienes señalan con el dedo acusador. Pero permítanme aclarar algo: en las redacciones no estamos buscando qué ofenderá más a nadie.

