Corría el año 1958, un tiempo en que Sevilla no era todavía la meca del turismo que conocemos hoy, pero sí un lugar donde el cine europeo encontraba inspiración. Allí, con apenas 24 años, Brigitte Bardot llegó para rodar ‘La femme et le pantin’, una película que la catapultó a los titulares y a los corazones de muchos. Era una época dorada, llena de luz y encanto, donde la arquitectura andaluza contaba historias de civilizaciones pasadas y donde esa joven actriz francesa se movía como pez en el agua.
Una estrella entre farolillos y flamencos
En medio del rodaje, Brigitte paseó por los mágicos rincones de Sevilla: desde el pintoresco barrio de Santa Cruz hasta la majestuosa Plaza de España. Su presencia iluminaba cada escena mientras extras y figurantes quedaban embelesados ante su carisma. Aunque aún no era el mito erótico que más tarde se consolidaría, ya era un rostro familiar en las portadas. Como cuenta Marie-Dominique Lelièvre en su obra ‘Bardot, la femme libre’, ella disfrutaba más rodando en Europa que bajo las luces brillantes de Hollywood. En España encontró esa libertad tan anhelada.
Aquel abril sevillano también coincidió con la famosa Feria de Abril. Las crónicas cuentan cómo Bardot se sumergió en la fiesta: intentó seguir el compás del flamenco, probó churros por primera vez y posó para fotógrafos con ese inconfundible vestido de flamenca. Esa imagen daría la vuelta al mundo, convirtiéndose en símbolo del sur sensual que tanto atraía a europeos deseosos de ver lo exótico.
¿Cuántos franceses habrán llegado después a Sevilla soñando con encontrar mujeres vestidas con faldas amplias y risas alegres? Una mujer como ella representaba todo lo que aquel país conservador prohibía: modernidad y libertad corporal caminando entre farolillos al ritmo del arte jondo. Así fue como Brigitte Bardot dejó una huella imborrable en una España llena de contrastes.

