En una reciente entrevista, Alessandro Lecquio no pudo contener las lágrimas mientras compartía sus sentimientos más profundos sobre el maltrato y la ausencia de su hijo. El aristócrata, conocido por su carácter apasionado, afirmó: «Soy caliente, pero Dios me libre de utilizar la violencia». Estas palabras resonaron en el aire mientras los recuerdos lo asaltaban.
Una historia de amor y desamor
Recordando aquellos años dorados de los ochenta, donde él y Antonia dell’Atte eran la pareja más deslumbrante del verano mallorquín, Lecquio se mostró vulnerable. Aquel día en Palma, tras varios intentos fallidos de conectar con él para la entrevista, finalmente se presentó en el hotel Arabella. Pero algo no iba bien; sus ojos estaban llenos de tristeza. Al preguntarle qué le ocurría, su respuesta fue desgarradora: «Ana no me deja ver a nuestro hijo».
A lo largo de nuestra conversación, las emociones brotaban con fuerza. Cuando indagué sobre una posible reconciliación con Ana García Obregón, su rostro reflejó un rayo de esperanza mezclado con desesperación: «No sé. Mi relación con Ana fue muy intensa y yo no he hecho nada incorrecto», confesó entre sollozos.
A pesar del dolor palpable en cada palabra, Lecquio demostró que también hay espacio para la ironía al hablar sobre sí mismo como un seductor: «Me gustan las mujeres… No soy homosexual», aclaró rápidamente. La tensión era evidente; todos sentimos que estábamos tocando fibras sensibles.
Hoy en día, resulta difícil identificar a Lecquio como el ícono seductor que fue. La televisión parece haberlo encasillado en un papel que ya no le hace justicia. Mientras reflexiono sobre su historia compleja llena de luces y sombras, no puedo evitar preguntarme hasta dónde llegará esta búsqueda constante por el amor y la aceptación.

