En la vibrante ciudad de València, la artista Soledad Sevilla se prepara para deslumbrar al público con su nueva exposición, «Ritmos, tramas y variables», que abrirá sus puertas en el IVAM la próxima semana. Tras más de cincuenta años de trayectoria artística, Soledad se enfrenta a la pregunta que muchos le hacen: ¿qué la impulsa a seguir creando?
«Pintar es como respirar para mí. Es fundamental en mi vida, una fuente inagotable de felicidad», confiesa con una sonrisa. Cada vez que cruza el umbral de su estudio, siente que está en el lugar donde realmente pertenece. Y cuando termina una serie, ya está deseando comenzar otra.
Un recorrido por sus recuerdos y desafíos
La artista reflexiona sobre su carrera con un tono sincero y profundo. «No cambiaría nada», dice con firmeza. Cada error ha sido una lección valiosa, y aunque solo un pequeño porcentaje de su obra estará presente en esta exposición, ella sabe que cada pieza cuenta una historia.
«Desde siempre he sentido que València era un hervidero creativo», recuerda al hablar sobre los años 60, cuando apenas había tres escuelas de arte en España. Aquella época fue clave para encontrar almas afines y compartir inquietudes artísticas.
A pesar del apoyo limitado recibido por parte de su familia y su marido—que nunca vieron con buenos ojos su dedicación al arte—Soledad perseveró. «Tenía que cumplir con lo esperado: ser madre y esposa mientras perseguía mis sueños creativos», comenta sin rencor pero con nostalgia.
A medida que avanzaba en su carrera, notó cómo poco a poco comenzaban a tomarla más en serio como artista. «Al principio me veían como una ama de casa pintando; pero nunca dejé que eso me desanimara», asegura convencida.
Aún así, Soledad no hace arte únicamente para ser vista; lo hace porque necesita expresarse. Su conexión con las grandes dimensiones en sus obras responde a un deseo profundo: «El gran formato envuelve al espectador y permite una inmersión total».
Cuando se le pregunta qué salvaría si El Prado ardiera, no duda: «Nada. Yo misma me metería en el fuego». Para ella, perder ese legado artístico sería impensable.
A pesar de los retos físicos —como el dolor crónico— reconoce que pintar tiene un efecto sanador sobre ella: «Cuando estoy creando, olvido todo lo demás; es casi terapéutico».
Con respecto a la evolución del arte digital y la inteligencia artificial (IA), Soledad se muestra escéptica ante la posibilidad de que estas herramientas puedan sustituir la sensibilidad humana necesaria para crear arte auténtico.«El espíritu humano es insustituible», enfatiza mientras comparte anécdotas sobre sus comienzos trabajando con ordenadores.
Cerrando esta emotiva charla, nos deja una reflexión sobre su legado personal: aunque siempre sintió complejos por haber dedicado tiempo al arte lejos de sus hijos, sabe que les ha dejado algo invaluable: la pasión por seguir nuestros sueños.