En un rincón del Teatre Principal, Aina Frau, una veterana actriz de 80 años, se prepara para estrenar su última obra, ‘Desbarats’. Este título nos trae una visión divertida y crítica sobre esas grandes familias mallorquinas que vivían en la opulencia mientras se hundían en la ruina. Pero más allá del argumento, lo realmente conmovedor es ver a Aina recordar cómo el teatro le ha permitido conocer el mundo: «He hecho giras importantes», dice con esa chispa en los ojos que solo alguien apasionado por su trabajo puede tener.
Un sueño cumplido sobre las tablas
Aina se subió a este mismo escenario hace pocos meses con ‘Taula italiana’ y no tiene intención de detenerse. Con una sonrisa, asegura que volverá en junio con ‘Cul-de-sac’, donde interactuará desde una pantalla. Y es que cumplir sueños nunca ha sido fácil, pero ella lo ha hecho durante toda su vida. Recuerda cuando era niña y soñaba con estar aquí: «Cuando era pequeña decía: ¿algún día estaré aquí?». Hoy, tras tres representaciones en este emblemático teatro, no puede evitar sentirse satisfecha.
A pesar de los retos que supone memorizar textos a su edad, Aina se siente afortunada: «Me gusta trabajar porque es una vocación, no es una necesidad». La pasión por el arte escénico brilla en cada palabra que pronuncia. Reconoce que ensayar puede ser difícil y a veces frustrante: «Me enfado conmigo misma cuando no me sale algo… pero es un placer».
En ‘Desbarats’, Aina interpreta a Mumare, la marquesa de Pax. Es un papel central que promete sacar risas al público y reflexionar sobre cómo se desmoronan estas viejas estructuras familiares. Ella lo describe como un «absoluto disparate», y eso resulta muy atractivo para quien busca entretenimiento inteligente.
Pero ¿hay conexiones entre esta historia y nuestro presente? Para ella sí. Nos advierte sobre la importancia de no dejarse llevar por las apariencias ni buscar vivir en burbujas ajenas a la realidad social actual. Su experiencia también revela cuánto han cambiado las cosas desde sus inicios: antes había menos competencia pero también menos oportunidades; ahora hay más actores preparados buscando brillar frente a las cámaras.
A medida que Aina recuerda sus viajes por el mundo gracias al teatro —Rusia, Irán e incluso Gaza— uno siente cómo cada anécdota está tejida con emociones profundas y vivencias únicas. La vida le ha dado lecciones valiosas: «Cuando veo lo que pasa en Gaza me duele el corazón», confiesa solemnemente.
En cuanto a sus momentos más emotivos dentro del mundo actoral, destaca aquel instante crucial cuando Núria Espert le llamó para hacer una prueba tras la muerte de su madre. Esa llamada cambió su vida completamente: «Empecé a trabajar con directores importantes… ¡crac! Todo comenzó ahí». Ahora mira hacia adelante sin miedo; aunque ya sólo pueda interpretar abuelas o madres mayores, sigue abierta a todo lo nuevo que venga.
Así es Aina Frau: fuerte como un roble y llena de vida aún después de tantas décadas haciendo reír y pensar al público. Y aunque el tiempo pase volando, ella sigue demostrando que el amor por la actuación nunca tiene fecha de caducidad.