En el corazón de la polémica cultural se encuentra el retrato de Sor Jerónima de la Fuente, una obra maestra que data de 1620 y que, por arte de magia (o mejor dicho, por intereses comerciales), ha sido llevada a la feria de arte TEFAF en Maastricht. Esta joya, pintada por el gran Diego Velázquez, ha despertado no solo admiración, sino también un torrente de preguntas sobre su futuro.
¿Podría salir para siempre?
La galería londinense que exhibe el cuadro asegura que está a la venta. Pero aquí es donde empieza la controversia. Aunque las obras del maestro sevillano raramente se ven en subasta y cuando lo hacen alcanzan precios estratosféricos, como los 35 millones de dólares estimados para otro retrato suyo recientemente retirado, esta situación no deja de inquietar a muchos. ¿De verdad vamos a permitir que una pieza tan esencial para nuestra historia artística salga del país sin más?
A pesar de las estrictas leyes españolas sobre patrimonio, que deberían proteger obras con más de 100 años, parece ser que este cuadro no cuenta con esa etiqueta especial que le impediría cruzar fronteras. ¡Qué ironía! Mientras algunos celebran la posibilidad de una venta internacional, otros temen perder una parte irremplazable de nuestra cultura.
Bajo esta sombra queda claro que estamos ante un dilema moral y ético: ¿permitimos que un tesoro nacional acabe en manos privadas lejos de su tierra natal? Como bien dice Benito Navarrete, catedrático y defensor del patrimonio artístico: “Es preocupante lo que está ocurriendo” en torno al manejo y exportación del arte en nuestro país.
No hay duda: si Sor Jerónima se vendiera a un coleccionista extranjero no residente, necesitaríamos un nuevo permiso para garantizar su regreso a España. Y eso depende mucho del informe técnico sobre su valor patrimonial. En definitiva, este retrato se convierte en símbolo no solo del genio velazqueño sino también en reflejo de nuestras carencias administrativas.
A medida que avanzamos hacia posibles transacciones, la presión ciudadana puede marcar la diferencia. La pregunta permanece abierta: ¿deberíamos permitir que una obra así sea devorada por el mercado global o es hora ya para actuar y asegurarla dentro de nuestras fronteras?