El pasado martes, el mundo de la música se vistió de luto al despedir a Felipe Campuzano, un hombre que, a sus 79 años, dejó una huella imborrable en el corazón de muchos. Aunque su vida estuvo marcada por la belleza del arte y la melodía, sus raíces estaban profundamente arraigadas en dos lugares: Cádiz y Palma. Sí, Palma era una de sus «patrias chicas», un rincón donde nació y fue bautizado antes de que su familia decidiera marcharse.
Las visitas del músico a Mallorca fueron constantes; cada vez que pisaba la isla, parecía llevar consigo un pedazo de su alma. De hecho, uno de sus hijos también eligió el camino del fútbol antes de seguir los pasos musicales de su padre. Campuzano nacía en una familia donde las notas eran más que simples sonidos; eran un modo de vida. Su viaje musical comenzó en Cádiz, donde se formó en el Conservatorio y luego continuó en Madrid con premios que avalaban su talento.
Una conexión profunda con Mallorca
A pesar de que muchos lo consideraban gaditano por adopción, él nunca olvidó su primera patria. En una entrevista reveladora en 2003, mencionó con cariño cómo para él la música no era solo un trabajo; era casi como una divinidad. Y es que su vínculo con Mallorca era tan fuerte como las olas del mar que acarician sus costas.
Campuzano deslumbró al público mallorquín participando en festivales emblemáticos en Pollença o Cala Rajada. Pero quizás uno de los momentos más memorables fue aquel concierto especial en agosto de 1988 ante personalidades como los barones Thyssen y los duques de Badajoz. Imagínate la magia flotando en el aire mientras tocaba para don Juan de Borbón; esos instantes quedarán grabados eternamente.
No hay duda: Felipe Campuzano será recordado no solo por sus canciones icónicas como “Amigo conductor” o “Te estoy amando locamente”, sino también por ese amor profundo hacia las tierras que lo vieron nacer y crecer. Su legado sigue vivo entre nosotros, resonando con cada acorde y cada recuerdo compartido.