El pasado jueves, el Auditòrium de Palma se llenó de magia y emoción con el concierto de la Orquestra Simfònica de Balears. Una velada que comenzó suavemente con la Obertura de La Vera constanza, una obra poco conocida de Haydn que, aunque breve, nos ofreció un arranque prometedor. La orquesta, reducida como dictan las costumbres del clasicismo, supo captar la atención del público desde el primer compás.
Entre melodías y sacrificios
Pero eso no fue todo. La Rapsodia hebraica Schelomo, de Ernest Bloch, se convirtió en el corazón del concierto. Esta pieza busca retratar al rey Salomón y su famosa frase sobre la vanidad; una obra rica en ritmos y melodías que evocan lo más profundo de la cultura hebraica. La interpretación del violonchelo por parte de Julia Hagen, nacida en Salzburgo, fue simplemente conmovedora. Cada nota parecía clamar al Dios de Abraham mientras nos transportaba a un mundo donde los ecos del pasado cobraban vida.
Y si pensabas que ahí terminaba la cosa, prepárate porque llegó el plato fuerte: La Consagración de la Primavera, una obra maestra de Stravinsky. Con su enfoque místico sobre los ritos primaverales, esta pieza transformó el escenario en un altar donde lo tribal y lo sagrado se entrelazaban. Los solistas brillaron como nunca, ofreciendo un sonido envolvente que nos hizo rendirnos ante la fuerza bruta y delicada a partes iguales que emanaba del escenario.
No hay duda: esa noche fue un viaje sonoro hacia lo divino, donde cada acorde resonaba como un sacrificio necesario para garantizar buenas cosechas en nuestra propia primavera personal.