En medio del bullicio y la frenética vida que caracteriza a Barcelona, existe un rincón donde la esencia mallorquina florece con fuerza. Ese lugar es el Espai Mallorca, un refugio cultural que conecta a los mallorquines en la capital catalana con sus raíces. Y detrás de esta vitalidad se encuentra Margalida Galmés Bover, una joven originaria de Vilafranca de Bonany, nacida en 1999, cuya pasión por la gestión cultural ha transformado este espacio en un verdadero hogar para muchos.
De Vilafranca al Espai Mallorca
Después de completar sus estudios en Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra, Margalida comenzó su andadura profesional colaborando con el Espai Mallorca. Aunque inicialmente se interesó por el mundo docente, pronto dejó atrás esa senda para dedicarse completamente a lo que realmente le apasiona: conectar la cultura mallorquina con todos aquellos que viven lejos de casa.
El Espai Mallorca, sin ánimo de lucro, se convierte así en un punto clave donde se organizan conciertos, recitales poéticos y actividades populares como las glossades y las bailes tradicionales. Según Margalida, “en Barcelona no hay ningún centro que promueva nuestra cultura”, lo cual hace aún más relevante su labor. Ella coordina toda la programación cultural y se encarga de dar visibilidad a los artistas emergentes de las Islas, brindándoles una plataforma para mostrar su talento fuera del territorio insular.
A parte de su trabajo en el Espai, Margalida también es parte del equipo editorial de Morlanda, una revista mensual que apuesta por la creación artística y literaria. En colaboración con jóvenes talentos locales, organizan jornadas culturales llenas de teatro, música y poesía. “Damos espacio a artistas y aprovechamos estas citas para plasmar todo aquello que no podemos llevar al papel”, comenta entusiasmada.
Pese a estar inmersa en este vibrante entorno cultural barcelonés, Margalida confiesa sentir nostalgia por su tierra: “A Vilafranca la vida pasa más a poco a poc; allí tienes tiempo para pensar y disfrutar”. Su esfuerzo no solo mantiene viva la cultura mallorquina entre los residentes catalanes, sino que también sirve como puente entre dos mundos tan distintos pero igualmente valiosos.