James Ellroy, el maestro de la novela negra y autor del reciente Los seductores, ha vuelto a sorprendernos en su visita al Hay Festival Forum Sevilla. En una mañana tranquila, después de una sesión fotográfica en la Plaza Nueva, se despachó con comentarios sobre un taxista que le recordaba a Gabriel García Márquez. Con esa chispa característica y sin pelos en la lengua, empezó a reflexionar sobre titanes literarios y, como era de esperar, no se contuvo.
Una mirada incisiva a Marilyn
A pesar de sus casi 77 años, Ellroy destila una energía contagiosa al hablar de su última obra. Esta vez nos transporta a los convulsos años 60 en Los Ángeles, donde los personajes oscuros pululan por las páginas como sombras inquietantes. Sin embargo, cuando se trata de Marilyn Monroe, su tono cambia drásticamente. «No he escrito una novela sobre ella», aclara con firmeza. Para él, ella es solo un pretexto para explorar el alma corrupta de la ciudad en 1962.
Con desprecio manifiesto hacia el mito creado alrededor de la actriz, no duda en llamarla «una mujer caprichosa y superficial». Y sí, saca su lado más crítico al afirmar que nadie debería ver misterio donde no lo hay: «Marilyn murió por una sobredosis accidental», sentencia. En este sentido tan directo y contundente se percibe su aversión hacia la fascinación colectiva que rodea historias como la suya.
En medio del bullicio mediático sobre conspiraciones e intrigas ocultas tras su muerte, Ellroy mantiene que lo único real es la combinación mortal de pastillas y alcohol que acabó con su vida. Y ahí está él para desmantelar esas ideas erróneas: «La gente es idiota», sostiene sin titubear.
Aunque sea un ávido crítico del pasado glorificado por muchos, también reconoce algo inesperado: cada personaje tiene sus matices. Incluso Freddy Otash —el protagonista corrupto de Los seductores— presenta un destello de redención que sorprende incluso al propio escritor.
A través de sus palabras afiladas y sinceras descubrimos a un Ellroy muy humano; alguien que vive profundamente conectado con sus recuerdos pero desconectado del presente tecnológico actual: «No tengo internet ni teléfono móvil», confiesa casi orgulloso.
Sus libros son reflejos claros de sus creencias cristianas profundas; narrativas donde la corrupción reina pero siempre hay espacio para vislumbrar algo mejor entre las ruinas. Así sigue adelante este autor implacable, dispuesto a romper mitos mientras ofrece una crítica feroz a los ídolos construidos sobre cimientos frágiles.