Este año, el Festival de Berlín celebra su 75ª edición, aunque no parece estar para celebraciones. La nueva directora, Tricia Tuttle, se enfrenta a un reto titánico. Tras la polémica que manchó el festival el año pasado, donde las palabras en defensa del pueblo palestino desataron acusaciones de antisemitismo desde varios sectores políticos alemanes, muchos se preguntan si esta vez lograrán recuperar su brillo.
Un inicio lleno de tensión
La apertura del festival llega en un contexto delicado. En su primera gala como directora, Tuttle busca dar un nuevo rumbo al certamen y atraer ese talento internacional que parece haberse esfumado. Pero ella misma ha admitido que la política debería quedar en segundo plano para centrarse más en el arte cinematográfico. Sin embargo, resulta irónico que esta primera película inaugurando la muestra sea Das Licht, una obra del director alemán Tom Tykwer que intenta explorar los dilemas contemporáneos pero cae en una serie de trampas narrativas.
Tykwer, conocido por su clásico Corre Lola, corre, ofrece una historia donde una familia acomodada recibe a un extraño con poderes místicos. A pesar de las intenciones profundas sobre el narcisismo y los problemas sociales actuales como el cambio climático o la crisis de refugiados, lo cierto es que acaba mostrándose hipocresía al no profundizar realmente en estos temas. En sus extensos 162 minutos nos presenta escenas llamativas y diálogos poco creíbles que parecen más enfocados en sorprender visualmente que en generar reflexión genuina.
Tuttle ha defendido Das Licht como un llamado a la empatía; sin embargo, sería deseable que Tykwer hubiese considerado cómo resonaría su obra entre quienes la verán. Y mientras tanto, el festival también se prepara para enfrentar las crecientes voces extremistas en Alemania. Con elecciones federales a la vista y discursos cargados de odio ganando terreno, queda claro que no son buenos tiempos para silenciarse.
Las palabras del cineasta Todd Haynes durante la rueda de prensa lo dejan claro: hay preocupaciones serias ante los movimientos políticos globales y locales. La Berlinale sigue siendo un espacio vital para resistir frente a estas fuerzas opresivas; es una plataforma donde las voces deben seguir alzándose frente a los desafíos actuales. Así pues, aunque este aniversario pueda parecer sombrío, quizás sea precisamente lo contrario: una oportunidad para repensar qué significa realmente contar historias hoy.