En abril de 1991, los habitantes de Vallecas llevaron a cabo una acción notable para lograr la extensión del recorrido de la línea de autobús 57, que en aquel entonces finalizaba en Cerro Cabezuelo. Cansados de la falta de acceso a su barrio, decidieron secuestrar el autobús y llevarlo hasta el Campo de la Paloma, un acto que se convertiría en un símbolo de la lucha vecinal.
Antecedentes de la Protesta
La reivindicación no surgió de la nada. Los vecinos venían luchando durante años por mejorar las condiciones de vida en su barrio, incluyendo el acceso al transporte. Pepe Molina, un veterano del movimiento vecinal y autor de Vallecas en lucha, recuerda que la urgencia del tema del transporte se volvió evidente en un contexto marcado por la inseguridad y el abandono. ‘Era un trayecto peligroso, especialmente de noche, y a muchas mujeres y personas mayores les generaba miedo’ explica Molina.
Durante más de un año, los residentes solicitaron insistentemente que el Consorcio Regional de Transportes extendiera la línea del autobús. Sin embargo, las autoridades argumentaron que no era técnicamente viable. Esta negativa llevó a la directiva de la Plataforma Unitaria de Vallecas a adoptar una estrategia más audaz: secuestrar el autobús. Mariano Monjas, quien era presidente de la Asociación de Vecinos Los Pinos de San Agustín, relata cómo tuvieron discusiones acaloradas con los responsables transportes, sin obtener respuesta favorable. Las frustraciones llevaron al grupo a decidir: ‘Vamos a subir nosotros al autobús’.
El 18 de abril, cientos de vecinos se agruparon en el descampado. Con la presencia de agentes de la Policía Nacional y antidisturbios, el grupo de manifestantes logró acomodarse en el autobús. ‘Era como un juego hasta que un grupo numeroso se acomodó y afirmó que no se bajaría hasta que el bus llegara a su destino’, dice Molina. A pesar de la tensión inicial, el ambiente se tornó festivo, con música y celebración al llegar a su parada deseada.
Finalmente, el autobús 57 no solo llegó al Campo de la Paloma, sino que se extendió aún más hasta el Alto del Arenal. Este acto de desobediencia civil quedó grabado en la memoria colectiva de los habitantes de Vallecas, un ejemplo de cómo la organización comunitaria puede lograr cambios significativos.
Este suceso no solo mejoró el transporte en el barrio, sino que también dejó una lección sobre la fuerza del activismo y la solidaridad vecinal. Como concluye Molina: ‘Las cosas que nos proponemos, si se hacen con organización y cabeza, se logran’.