Siempre pensé que el viaje más largo de mi vida como periodista sería a Australia. Veinte horas suena a mucho, pero es algo con lo que he lidiado desde hace más de dos décadas. Sin embargo, jamás imaginé que viviría una fuga digna de película, un auténtico thriller en la vida real. La aventura comenzó un jueves cualquiera, cuando me vi atrapado en la vorágine de vuelos cancelados y decisiones desesperadas.
El plan era sencillo: salir de Fujairah hacia Omán, hacer una parada en Hurgada y aterrizar finalmente en Milán. Pero claro, las cosas nunca son tan fáciles. Fly Emirates había decidido cancelar mi vuelo y ahí estaba yo, sumido en la angustia hasta que la ATP se convirtió en mi salvación al ofrecerme un asiento gratuito junto a los tenistas varados del torneo.
Una travesía inesperada
Aquel día, la adrenalina corría por mis venas mientras me dirigía a Fujairah. En el aire flotaba la incertidumbre y las conversaciones sobre planes de escape se entremezclaban con risas nerviosas. Al llegar, conocí a jugadores como Tallon Griekspoor y algunos doblistas que compartían sus anhelos y temores. ¿Quién podía imaginarse que esta pequeña reunión iba a ser el inicio de una travesía tan peculiar?
Poco después nos subimos al autobús para iniciar nuestro viaje hacia lo desconocido; era como estar en una excursión escolar pero con un riesgo elevado. Me encontré junto a Imanol López, otro valiente español que me confesó sus miedos al ver cazas militares sobrevolar nuestra ruta. “Si salimos vivos de esto”, bromeó, “me haré un tatuaje enorme del Burj Khalifa”. Con todo el caos alrededor, no podíamos dejar de reírnos ante lo absurdo de nuestra situación.
Tras diez horas recorriendo carreteras desérticas y cruzando fronteras, llegamos al aeropuerto de Muscat pensando que ya estaba todo hecho. Pero ¡sorpresa! Seis horas más esperando para embarcar nos hicieron sentir como si estuviéramos atrapados en un limbo interminable. Imanol se fue al McDonald’s local solo para descubrir que allí servían la salsa más picante del mundo.
Aterrizamos finalmente en Egipto tras una noche llena de insomnio e inquietud por si algún misil podría decidir hacerse notar cerca del avión. Cuando finalmente pusimos los pies en Milán después de 24 horas agotadoras, sentí una mezcla extraña entre alivio y nostalgia por toda esa locura vivida con mis compañeros tenistas.
Así concluía esta experiencia surrealista: un viaje cargado no solo de kilómetros recorridos sino también historias humanas llenas de risas nerviosas y camaradería inesperada.

