La noche en Son Moix se tornó oscura para los responsables de la directiva del Mallorca. La afición, cansada y frustrada, alzó la voz en un clamor que resonó con fuerza: «¡Directiva, dimisión!». La grada Lluís Sitjar fue testigo de un momento histórico, donde el descontento no solo se expresó una vez, sino que se repitió con cada minuto que pasaba. Todo comenzó tras un gol de Carlos Soler, pero rápidamente se convirtió en un grito colectivo que hacía eco en cada rincón del estadio.
Un equipo sin rumbo
La situación actual es insostenible. Tras tres jornadas consecutivas en descenso y una única incorporación en el mercado invernal –Zito Luvumbo–, los seguidores están hartos de la inacción. La destitución de Jagoba Arrasate no hizo más que avivar las llamas de la indignación. Sin líder y con una dirección muy cuestionada, el club parece haber perdido su esencia.
A medida que avanzaba el partido, la tensión crecía. Al descanso, los cánticos eran más fuertes y más partes de Son Moix se unieron al rechazo hacia Ortells y Díaz. En el segundo tiempo no hubo tregua; incluso los jugadores comenzaron a sentir el peso del descontento cuando fueron a saludar a la grada.
El final del encuentro llegó con miles de pañuelos ondeando al cielo como símbolo de protesta. Aunque muchos aficionados optaron por salir antes del pitido final, aquellos 17 mil valientes que permanecieron lo hicieron para dejar claro su mensaje: ¡el cambio es urgente! Y aunque intentaron silenciar sus voces con megafonía, nadie pudo callar la rabia acumulada durante tanto tiempo.
La afición tiene claro a quién señalar: Ortells y Díaz son los grandes culpables de esta situación lamentable. Con un panorama tan oscuro frente a ellos, la pregunta ahora es si podrán reaccionar antes de perderlo todo.

