Era una jornada que prometía. Con el viento soplando fuerte y la grada de Son Moix al borde del éxtasis, los bermellones comenzaron con fuerza. Un golazo de Asano en el minuto 8 hizo vibrar a todos los presentes, pero lo que parecía ser una fiesta se convirtió rápidamente en pesadilla.
Con la primera parte bajo control, el equipo local dejó escapar una oportunidad dorada para sellar su permanencia y aspirar a algo más en la tabla. Y es que tras el descanso, todo se desmoronó. La falta de puntería de Muriqi, que desaprovechó varias ocasiones claras, fue un claro síntoma de lo que estaba por venir.
Cambio drástico: De héroes a villanos
La segunda mitad fue un reflejo del desastre. El Mallorca olvidó cómo jugar al fútbol y permitió al Alavés, casi desesperado, crecerse y buscar el empate. Así llegó el gol de Kike García, quien tuvo la astucia necesaria para aprovechar un descuido defensivo y poner las tablas en un partido que tenían controlado.
No solo eso; las lesiones comenzaron a asediar al equipo mallorquín, complicando aún más las cosas. La afición intentaba animar a sus jugadores mientras estos luchaban por recordar cómo conectar tres pases seguidos. Era frustrante ver cómo lo que comenzó como una promesa se convertía en una lucha titánica por mantener al menos un punto.
A medida que avanzaba el encuentro, Jagoba Arrasate movió fichas buscando soluciones, pero nada parecía funcionar. Cada intento de acercarse a la portería rival era frustrado por la defensa visitante o por errores propios. Muriqi, con toda la portería delante suyo, no encontraba forma de marcar y los nervios empezaban a calar hondo entre los aficionados.
Finalmente, cuando ya se paladeaba esa victoria tan ansiada y al mismo tiempo esquiva, el pitido final sentenció un 1-1 decepcionante que dejó un sabor amargo entre todos nosotros. Una gran oportunidad tirada a la basura para dejar prácticamente sellada nuestra permanencia en Primera División.