Una vez más, el fútbol sala nos ha dejado una escena que da pena y rabia a partes iguales. En el partido aplazado de la jornada 18 entre Peñíscola y Noia, que terminó con un abultado 1-6, los jugadores estaban saludándose cuando, sin previo aviso, estalló una pelea monumental. ¿Cómo puede ser que en un deporte tan bonito se dé rienda suelta a la violencia?
El origen del conflicto
Todo comenzó con unos empujones entre Diego Sancho, del Peñíscola, y Tiago Macedo, del Noia. De ahí en adelante, lo que empezó como un roce se convirtió en una escalada de agresiones. Ya no eran solo empujones; las cosas se tornaron mucho más serias con patadas y puñetazos volando de un lado a otro.
No solo fueron los jugadores quienes perdieron los papeles; varios aficionados saltaron a la pista como si estuvieran en un circo, lanzando golpes a diestro y siniestro. En medio del caos, Macedo quedó acorralado y tuvo que defenderse mientras la situación se volvía insostenible. El pabellón Juan Vizcarro fue testigo de unas imágenes tan brutales que hacen recordar las peores épocas del futsal español.
A medida que la violencia aumentaba, otros aficionados entraron al campo para seguir agrediendo a los jugadores del Noia. Los árbitros tuvieron que tomar cartas en el asunto e incluso expulsar a algunos implicados en el inicio de este espectáculo bochornoso. La llegada de la Guardia Civil puso fin al desmadre, pero ahora será el Juez Disciplinario Único de Fútbol Sala quien deberá poner orden y decidir qué sanciones caerán sobre los involucrados y sobre el propio Peñíscola.

