El Gran Premio de Tailandia se ha convertido en un verdadero campo de batalla, no solo para los pilotos, sino también para las máquinas. Con temperaturas que superan los 50°C en el asfalto del Circuito Internacional de Chang, cada vuelta es una prueba de resistencia. En este entorno ardiente, Marc Márquez ha salido a brillar, llevándose el Sprint y tomando la delantera como líder.
Un calor que abrasa y desgasta
A medida que avanza la competencia, la transmisión nos sorprende con datos alarmantes: el asfalto ha alcanzado ¡57°C!. ¿Y qué significa esto? Para los neumáticos, se necesita alcanzar unos 100°C para tener un agarre decente. Pero aquí estamos, lidiando con un equilibrio casi imposible. Cada piloto debe ajustar la presión y elegir bien los compuestos para intentar maximizar su tracción.
No solo son los neumáticos quienes sufren; el sistema de frenos también está bajo una presión infernal. Pueden llegar a calentarse hasta más de 800°C, lo cual es un reto monumental. Mantenerlos dentro de un rango óptimo es crucial para evitar que pierdan rendimiento justo en esos momentos clave.
Aun así, no podemos olvidar el motor. Las temperaturas dentro de la cámara de combustión pueden dispararse hasta unos increíbles 1.000°C. Aquí es donde entra en juego una refrigeración eficiente; tanto el aceite como los sistemas de escape están diseñados específicamente para aguantar estas condiciones extremas sin sacrificar potencia.
Pero eso no es todo. La suspensión trasera también se siente afectada por este calor desbordante, alcanzando temperaturas cercanas a los 70°C, lo que altera la viscosidad del aceite interno y afecta directamente cómo manejan las motos en curvas y rectas.
A medida que se aproxima el domingo, las previsiones apuntan a aún mayores temperaturas y un desgaste mecánico acumulado que podría complicar aún más las cosas durante la carrera. Así que aquí estamos nosotros, al borde del asiento, esperando ver cómo nuestros valientes pilotos navegan por este infierno sobre ruedas.