Fútbol

De campos de exterminio a campos de fútbol: una historia de vida y resistencia

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El fútbol, ese deporte que mueve pasiones en cada rincón del mundo, también dejó su huella en los lugares más oscuros de la historia. En medio del horror de los campos de concentración nazis, una pelota rodó junto a crematorios y cámaras de gas, ofreciendo un rayo de esperanza y un pequeño alivio a quienes se aferraban a la vida. Hoy, 27 de enero, conmemoramos el Día Internacional en memoria de las víctimas del Holocausto, recordando cómo el balompié llegó a ser un símbolo inesperado de resistencia.

Un balón en el abismo

Imaginemos por un momento la escena: a pocos metros del crematorio III de Auschwitz II-Birkenau, donde se incineraban hasta 1.440 cadáveres al día, había un campo improvisado donde prisioneros se atrevían a jugar al fútbol. Tadeusz Borowski, quien vivió aquel horror, escribió sobre este campo en su libro This Way for the Gas, Ladies and Gentlemen, describiendo cómo aquellos hombres intentaban encontrar algo de normalidad en medio del caos absoluto.

Walter Winter también lo recordó: «Teníamos un campo donde luego construyeron la enfermería», cuenta en sus memorias. Y es que estos espacios se convirtieron en una extraña mezcla entre diversión y desesperación. Mientras algunos perdían la vida bajo miradas indiferentes o crueles decisiones sobre quién vivía o moría, otros encontraban consuelo y fuerza en el juego.

Aún más impactante es pensar que el mismo lugar donde se practicaba este deporte era testigo mudo del sufrimiento cotidiano: las selecciones que decidían quién iba al crematorio eran como una sombra constante sobre cada partido disputado. ¿Cómo pueden coexistir ambas realidades? Es una pregunta difícil pero necesaria que debemos hacernos hoy.

En Mauthausen, ese campo también tuvo su propio espacio para el fútbol. Se organizaban partidos contra equipos locales mientras las víctimas sufrían enfermedades y abandono a solo unos pasos. La población civil acudía a ver esos encuentros sin saber realmente lo que sucedía detrás del telón.

Aquellos días nos muestran cómo incluso en medio del horror más profundo hay destellos de humanidad que luchan por salir adelante. Los prisioneros españoles fueron pioneros al llevar una pelota hecha con trapos para elevarse moralmente ante tanto sufrimiento: «Era nuestro primer partido contra los SS»; así lo recuerda Luis Gil con nostalgia y valor.

Hoy reflexionamos sobre esta dualidad inquietante. El fútbol fue usado como fachada por los nazis para mantener apariencias mientras llevaban a cabo actos atroces; pero también sirvió como herramienta para sobrevivir y resistir el inhumano destino reservado para tantos.

Nuestra memoria colectiva debe servirnos no solo para recordar sino también para aprender; no podemos permitir jamás que historias así queden olvidadas ni repetidas. Que hoy sea un llamado claro: nunca más deberíamos ver un balón rodar entre muros destinados a la muerte.

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