Era una tarde tranquila en el Estadio de la Cerámica, al menos hasta que apareció Vinicius. El brasileño llegó casi desapercibido, rodeado de murmullos y sin los habituales gritos de su afición. Esa calma era engañosa, pues pronto nos demostraría que estaba ahí para encender el partido.
El Real Madrid se posicionaba con orden, esperando ese momento mágico que solo él puede crear. Y lo hizo en el minuto 37, cuando una protesta por un saque de banda hizo estallar los primeros cánticos en la grada: «¡Vinicius, balón de playa!» repetían insistentemente. Era el principio del fin del silencio.
La chispa del partido
Poco después, una falta detuvo a Vinicius en plena carrera hacia el gol y eso generó más tensiones entre jugadores y árbitro. Tras el descanso, algo cambió; los blancos salieron con más rabia y garra. El ambiente se sentía eléctrico y Vinicius comenzó a aprovechar cada hueco dejado por la defensa rival.
Y así nació la jugada clave: desde la banda izquierda, Arda Güler lanzó un pase perfecto que Vinicius recibió como un rayo antes de asistir a Mbappé para abrir el marcador con un elegante 0-1. En ese instante, todo estalló: la grada vibraba y nuestro protagonista no pudo contenerse; pidió más ruido con un gesto irónico que provocó aún más fervor entre los aficionados.
Aún quedaba mucho por hacer. Vinicius volvió a desbordar a su marcador quien solo pudo frenarlo cometiendo falta. De nuevo resonaron los cánticos: «¡Písalo, písalo!», mientras él se retorcía en el suelo tras recibir otro golpe. Pero ya nada podía detenerlo; estaba decidido a volar por esa banda izquierda sin mirar atrás.
Así es como Vinicius transformó un partido tranquilo en una exhibición memorable, demostrando una vez más que puede convertirse en el héroe inesperado cuando todo parece apagado.

