Cuando miramos al Atlético de Madrid, no podemos evitar sentir una mezcla de frustración y sorpresa. En un club que debería ser sinónimo de ambición, parece que estamos atrapados en un ciclo interminable de promesas vacías y decisiones cuestionables. La plantilla, como todos sabemos, tiene más agujeros que un queso suizo: el lateral izquierdo es un verdadero coladero y el mediocampo está más desolado que nunca. Y mientras tanto, los tiros a puerta no dejan de crecer, pero los goles siguen siendo una ilusión.
Un mercado abierto sin movimiento
Y aquí estamos, a 9 de enero, con el mercado abierto ante nosotros y la misma sensación amarga en el aire. Cuatro competiciones nos esperan: Liga, Supercopa, Copa y Champions. Pero nada cambia. Las salidas parecen ser la única estrategia viable; dos torneos ya se han perdido en el camino y nadie se atreve a apostar por lo que pueda pasar con los otros dos. ¿De verdad alguien cree que las operaciones importantes se van a esperar hasta verano? Es como si hubiésemos escuchado esta melodía antes…
Mateu Alemany llegó con la promesa de arreglar este desaguisado, pero hasta ahora solo ha hecho magia para ver cómo se marchan algunos futbolistas clave. La historia del Atlético es repetitiva: vender al mejor jugador para pagar menos impuestos o fichar por fichar sin tener en cuenta lo deportivo. ¿Es así como planean conseguir títulos? Mientras tanto, Simeone sigue sentado en su banquillo negro con la presión creciente.
Nadie puede negar que hay problemas evidentes en cada línea del equipo: defensas convertidos en laterales improvisados y delanteros perdidos buscando su lugar. Al final del día, todo esto nos lleva a preguntarnos si realmente queremos seguir así o si es hora de replantearnos nuestras prioridades antes de que esta temporada se convierta en una eternidad.

