Paco Bru, nacido en Madrid un 12 de abril de 1885 y fallecido en Málaga el 10 de junio de 1962, es una figura clave en el fútbol español. Sin su legado, sería imposible entender cómo este deporte pasó de ser un simple juego a convertirse en una auténtica pasión nacional. Su vida ha sido objeto de numerosos artículos y análisis, pero hay un capítulo que parece mantenerse en la penumbra: su experiencia durante la Guerra Civil.
El silencio sobre la guerra
Bru se destacó como jugador, entrenador y hasta directivo, pero su tiempo al frente del Real Madrid y su conexión con el Girona durante los años más oscuros son aspectos que rara vez se mencionan. Tras llevar al Madrid a ganar la Copa en 1936, su camino se oscureció cuando estalló la guerra. En medio del caos, intentó organizar partidos para mantener vivo el espíritu del fútbol. No fue fácil; la situación era crítica y los rumores sobre el futuro del Gobierno llenaban las calles.
El fútbol continuaba a pesar del conflicto y Bru tuvo una idea brillante: ¿por qué no hacer que el Madrid viajara a Cataluña para jugar? A pesar de sus esfuerzos por convencer a los clubes locales, el Barcelona terminó arruinando sus planes. Cuando finalmente decidió aceptar un nuevo reto y dirigirse al Girona, ya estaba claro que había algo más grande jugando tras bambalinas.
Durante aquellos días grises, mientras otros se alejaban del balón por miedo o desesperanza, Bru persistió. Quería ver a sus jugadores entrenar cada día; estaba obsesionado con competir aunque alrededor todo pareciera desmoronarse. El Girona tuvo una presencia notable en esa época convulsa, participando activamente en causas antifascistas y recaudando fondos para quienes lo necesitaban.
Aún así, tras el final de la contienda y con Madrid liberado, fue difícil olvidar aquellos años sombríos donde tantos quedaron atrapados entre sus ideales y las balas. Al volver al Madrid, Bru confesó que todos estaban destrozados; quizás él también lo estaba por dentro.
Paco Bru es recordado no solo por sus logros deportivos sino también por ese periodo olvidado que refleja cómo el fútbol puede ser tanto refugio como campo de batalla. Su historia merece ser contada sin filtros ni silencios.

