Desde hace años, escuchamos a los presidentes del Comité Técnico de Árbitros alardear de que nuestros árbitros son los mejores del mundo. Una y otra vez, la misma cantinela, como si fuera un mantra. Y todo esto sin olvidar el oscuro episodio en que su vicepresidente empezó a cobrar del Barcelona para asegurar arbitrajes favorables. Claro que Gaspar, Rosell o Laporta creen tener a los mejores; después de todo, les ha ido muy bien hasta 2018 gracias a la ayuda de Negreira.
La realidad que pocos quieren ver
Sin embargo, yo no me trago esa historia. Si realmente fueran los mejores, ¿qué pasaría con las demás ligas? A veces pienso que Luis Medina Cantalejo debería explicar cómo es posible que durante 17 años nadie se diera cuenta del lío con Negreira y el Barça. O está mintiendo o es totalmente incapaz; no hay más opciones. Lo único cierto es que jamás he visto un ranking de UEFA o FIFA donde nuestros árbitros estén en la cima.
A pesar de todo, lo innegable es que son los mejor remunerados; y sí, me alegro por ellos. Pero aquí viene lo interesante: si cobran más, también deberían exigirse más y mejorar su rendimiento. Sin embargo, parece ser que sucede justo lo contrario. Ganar más no significa errar menos; incluso las estrellas se equivocan cada jornada. Pero este estatus privilegiado debe motivarles aún más a encontrar soluciones ante la crisis actual.
La tradicional falta de transparencia en el CTA y la confusión sobre las directrices han dejado a nuestros árbitros desunidos y al borde del colapso emocional. La gestión del VAR ha sido desconcertante y el escándalo Negreira ha generado una crisis reputacional enorme; mientras tanto, el Real Madrid presiona para cambiar tanto el modelo como a sus responsables. En definitiva, hemos cocinado un guiso indigesto que nos atraganta.
Es urgente una reestructuración profunda en nuestro sistema arbitral; desde luego necesitamos nuevos líderes tanto en cocina como en sala VAR porque la imagen del arbitraje español nunca había estado tan deteriorada.