La misión Artemis II nos ha traído un sinfín de emociones y, curiosamente, uno de sus mayores retos ha sido algo tan cotidiano como el uso del retrete. Desde que despegó, la nave Orion ha tenido que lidiar con problemas técnicos en su inodoro, lo que ha generado más de una risa nerviosa entre los astronautas. Como si no tuviéramos ya suficientes preocupaciones al viajar al espacio, ahora resulta que gestionar las necesidades humanas se convierte en un desafío mayor.
Un inodoro con historia
Amit Kshatriya, portavoz de la NASA, compartió en una rueda de prensa que desde el inicio hubo complicaciones: una luz intermitente del controlador del inodoro dejó a todos con la mosca detrás de la oreja. La astronauta Christina Koch asumió el reto y, gracias a los ingenieros en tierra, logró hacer las reparaciones necesarias. Pero no fue suficiente; las bajas temperaturas hicieron que la orina se congelara y así se complicó aún más el asunto.
Los valientes tripulantes decidieron entonces exponer el tanque al Sol para descongelar su contenido. Sin embargo, parecía que ni siquiera eso funcionaba del todo bien. Ante tal panorama, les aconsejaron usar urinarios plegables para evitar olores poco agradables. Aun así, este miércoles llegó una buena noticia: ¡el retrete volvió a funcionar! Aunque esto nos recuerda que 23 millones de dólares invertidos en tecnología espacial no garantizan que todo vaya sobre ruedas.
La realidad es que estos fallos ponen de manifiesto lo complicado que puede ser vivir fuera de nuestro planeta. En microgravedad, todo cambia y hasta lo más básico se convierte en un reto monumental. Jeremy Hansen, astronauta canadiense, comentó en tono jocoso cómo el olor era evidente cuando alguien abría la puerta del baño.
A pesar de todos estos problemas evidentes desde el primer momento del lanzamiento, hay quienes aseguran que esta situación es parte del aprendizaje y evolución necesaria para futuras misiones espaciales. Con cada tropiezo aprendemos algo nuevo; si los astronautas Apolo usaban métodos rudimentarios para sus necesidades biológicas, quizás nosotros también podamos adaptarnos a este nuevo mundo (o universo) donde incluso ir al baño puede ser una aventura.

