En los juzgados de Palma, Doña Rosa se sentaba con la determinación de una guerrera. Durante casi diez años, luchó contra viento y marea para demostrar algo que las autoridades intentaban ocultar: su hija no había muerto tras nacer en el Hospital General de Palma; le habían robado a su pequeña para entregarla en adopción a una familia con más recursos. Esta es la historia de una madre coraje que nunca se rindió ante las versiones oficiales.
Una lucha sin descanso
Era agosto de 1966 cuando Doña Rosa dio a luz. La alegría pronto se tornó en dolor al recibir la noticia del fallecimiento de su bebé por complicaciones en el parto. Nunca vio el cuerpo sin vida de su hija, y esa sensación extraña, ese sentimiento profundo de engaño, quedó grabado en su corazón como una herida abierta.
Años después, en 1982, un problema burocrático le permitió acceder al acta de defunción de su niña. Lo que descubrió ahí fueron irregularidades que despertaron aún más sus sospechas. Desde ese momento, Doña Rosa se embarcó en una misión personal para probar que su hija seguía viva y había sido robada.
No podemos olvidar que en aquellos años, el robo de bebés era una práctica común en España. Muchas madres denunciaban lo mismo: tras dar a luz, les decían que sus hijos habían muerto cuando eran entregados ilegalmente a otras familias. Era un negocio oscuro donde médicos y religiosos estaban involucrados.
Doña Rosa decidió romper el silencio y llevó su caso ante el juzgado. Su denuncia fue clara: “me robaron a mi hija nada más nacer”. Pero los obstáculos judiciales no tardaron en aparecer. A pesar de los reveses constantes, ella nunca perdió la fe ni abandonó la lucha. Cada vez que la Justicia intentaba cerrar el caso, ella recurría y lo mantenía vivo.
Años después logró descubrir a una joven nacida casi al mismo tiempo que su hija; incluso denunció a una comadrona implicada en el escándalo del robo, aunque nunca se presentaron pruebas suficientes para procesarla.
No obstante, la historia tomó notoriedad nacional y periodistas llegaron desde la Península para conocerla mejor. Pero cuando finalmente llegó agosto de 1991—veinticinco años después del nacimiento—la Justicia cerró el caso alegando que su hija había nacido muerta según los documentos oficiales.“Mi niña sigue viva”, decía Doña Rosa con voz firme,“y yo lo sé”. Porque al final del día, ¿quién puede arrebatarle la esperanza a una madre?

