En un partido que prometía ser una fiesta en Balaídos, el Celta se encontró en una montaña rusa de emociones. Con un 3-0 a favor tras apenas media hora de juego, la afición vibraba y soñaba con una victoria clara. Pero, oh sorpresa, el Alavés tenía otros planes y logró dar la vuelta al marcador. Así, lo que comenzó como una celebración acabó transformándose en un amargo aprendizaje.
El sabor agridulce de la derrota
Claudio Giráldez, entrenador del Celta, había advertido antes del encuentro sobre la importancia de centrarse en este partido. Las nueve rotaciones que hizo buscaban mantener al equipo fresco para luchar por esos 43 puntos, vitales para asegurar la permanencia. Sin embargo, lo que parecía un camino seguro se tornó en una lección dura: perder nuestra esencia y dejarse llevar por la euforia inicial fue fatal.
Ferran Jutglà brilló con dos goles y parecía ser el héroe del día. «Estábamos con una sensación espectacular», confesaba el delantero al final del encuentro, visiblemente frustrado. Su desánimo era palpable cuando dijo: «Nos hemos quedado con cara de tontos» tras ver cómo se esfumaba esa ventaja tan cómoda.
A medida que avanzaban los minutos, el equipo dejó de jugar como saben hacerlo; se olvidaron de tocar el balón y permitieron que su rival aprovechara cada error. La derrota no solo pesa anímicamente; también hay preocupaciones por lesiones como la de Radu, quien jugó los últimos 20 minutos cojeando y cuya participación con su selección está ahora en duda.
Así queda este capítulo para el Celta: un recordatorio de que cada victoria es efímera si no se acompaña de compromiso y esfuerzo constante. Aprendamos juntos, porque estos tropiezos son parte del camino hacia lo grande.

