Sucesos

El curioso escondite de un matrimonio en Porto Cristo

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En una tranquila planta baja de Porto Cristo, donde las macetas adornan la entrada, vivían Manuel y Encarnación. Él, a sus 69 años, tenía el hábito de mirar a ambos lados de la calle antes de salir. Era como si cada vez que cruzaba el umbral se jugara algo más que su rutina diaria. Mientras tanto, ella, con 64 años y delantal puesto, permanecía en casa cuidando lo que realmente importaba: la cocaína escondida entre los pliegues de su vida cotidiana.

Un juego peligroso

Manuel no era un hombre cualquiera; sabía cómo moverse para evitar a las autoridades. Se subía a su Audi A4 o a su Volkswagen Polo y circulaba despacio por la carretera Ma-4024. El truco estaba en entrar en caminos secundarios sin apagar el motor, moviéndose con agilidad para realizar maniobras rápidas que confundieran a los agentes que lo seguían. En cuestión de segundos recogía un bulto oculto entre las piedras del camino y regresaba a casa, donde comenzaban las transacciones.

La Policía Nacional pronto se dio cuenta del modus operandi del matrimonio. Habían establecido un sistema ingenioso para manejar sus “negocios”. Mientras Manuel se encargaba del transporte, Encarnación lo esperaba en casa; ella siempre lista con la mercancía disimulada en su delantal. Las horas pasaban y ellos continuaban haciendo su vida como si nada sucediera.

Pero el día llegó: el 18 de febrero fue cuando cayeron. En una redada sorprendente encontraron casi 8.000 euros escondidos entre carteras y hasta una hucha metálica repleta de monedas. Uno de los compradores sorprendidos durante el operativo confesó que solía acudir porque “abre pronto y siempre tiene droga”. Así era su dinámica: un hogar convertido en punto de venta sin apenas esfuerzo.

Mientras tanto, Manuel había encontrado un refugio inusual para esconderse: las paredes secas propias de la zona eran su aliado perfecto para ocultar lo prohibido. Su ruta no era tan extensa como otros recorridos turísticos por la Serra de Tramuntana; sin embargo, sí le ofreció un lugar casi seguro para guardar lo que vendía junto a su mujer.

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