En una reciente sesión plenaria, PP y Vox unieron fuerzas para dar luz verde a una polémica medida que prohíbe el uso del burka y el niqab en dependencias municipales y en los autobuses de la EMT. Esta decisión ha encendido los ánimos en la ciudad, donde muchos se preguntan qué implicaciones tendrá para la convivencia.
La regidora Jero Mayans, representante de Vox, defendió esta propuesta con fervor. Aseguró que vivimos en «lugares hostiles» donde las culturas se enfrentan y advirtió sobre lo que considera un «efecto llamada» diseñado por élites ajenas a nuestra realidad. Según ella, es esencial poder identificar visualmente a quienes usan el transporte público, argumentando que estas prendas impiden esa identificación y, por ende, deben ser eliminadas del espacio público. Mayans no dudó en afirmar que esta situación es un “atropello” hacia las mujeres perpetrado por el islamismo fundamentalista.
Reacciones encontradas
Por su parte, Mercedes Celeste del PP añadió una enmienda para extender esta prohibición a los autobuses, subrayando que cuando una mujer se cubre de esa manera, pierde su identidad. «Las mujeres necesitan ser alguien, no algo», enfatizó con energía.
No obstante, desde la oposición también han salido voces críticas. Lucía Muñoz de Podemos expresó su preocupación ante lo que considera una instrumentalización de los derechos femeninos para justificar discursos racistas. Ella argumenta que si bien usar estas prendas puede ser opresivo, obligar a quitárselas también podría considerarse como una forma de opresión. “No hay alarma real aquí”, aseguró Muñoz; más bien cree que esto es un conflicto artificial creado por la extrema derecha.
Miquel Àngel Contreras de Més denunció que toda esta moción carece de fundamento real y es simplemente propaganda política para generar tensión social. Dijo: «La única amenaza aquí son los fotomontajes utilizados por ciertos partidos para ganar unos pocos votos». Y mientras tanto, Francisco Ducrós del PSOE apuntó que este debate no trata realmente sobre proteger a las mujeres sino sobre imponer políticas racistas bajo una fachada de defensa social.
A medida que avanza este debate polarizado en Palma, queda claro que la cuestión va mucho más allá de simples prendas: toca fibras sensibles sobre identidad cultural e integración en nuestra sociedad actual.

