La situación en Son Moix es tensa y palpable. Desde la inesperada salida de Jagoba Arrasate, Pablo Ortells se enfrenta a uno de los momentos más complicados desde que asumió la dirección deportiva del Mallorca. Nadie esperaba un giro así en febrero, cuando el equipo aún lucha por su permanencia en Primera. La decisión, sea consensuada o impuesta, ha dejado a Ortells ante un panorama que no solo lo sorprende, sino que amenaza con desbordarlo.
Un escenario incierto
No es la primera vez que Ortells se ve inmerso en una destitución; ya lo vivió con Luis García Plaza. Sin embargo, entonces todo estaba más medido: tomó decisiones firmes y tenía un relevo listo para entrar al juego. Ahora, el proceso de selección parece interminable. Los nombres aparecen y desaparecen sin parar mientras crece la sensación de caos cada hora que pasa sin noticias.
La tarea que tiene por delante es de alto riesgo: necesita encontrar un entrenador capaz de reactivar a un vestuario herido y mantener al equipo en Primera División… ¡y todo esto con un contrato corto! Muy pocos aceptarían una bomba así como regalo. Mientras tanto, la dirección deportiva se desgasta y el mercado invernal ha dejado más preguntas que respuestas. Kalumba y Luvumbo son solo nombres atractivos para las redes sociales; mientras otros equipos disfrutan sus aportaciones en el campo.
Los aficionados ya han perdido la paciencia. No importa quién sea el elegido para sustituir a Arrasate —ya sea Javi Gracia, Martín Demichelis o alguien fuera del radar—; esta elección va a marcar no solo el presente del club, sino también el futuro de Ortells mismo. Este no es simplemente un cambio de entrenador; es una prueba crucial donde hay poco margen para errores. Las decisiones ahora vienen impuestas desde arriba, dejando claro quién manda realmente.

