Sucesos

La familia de Mati Muñoz siente una profunda decepción tras la sentencia: «18 años parecen pocos»

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El 2 de julio de 2025, el mundo de los seres queridos de Mati Muñoz se desmoronó. Nadie sabía dónde estaba, como si la tierra se la hubiera tragado. A sus 72 años y viviendo en Mallorca, su ausencia generó un torbellino de angustia y desesperación. Su familia no se quedó con los brazos cruzados; movieron cielo y tierra para que la embajada y las autoridades indonesas hicieran algo al respecto. Sabían que algo grave había pasado. Y lamentablemente, tenían razón.

Desde que interpusieron la primera denuncia en España el 28 de julio, todo fue un cúmulo de despropósitos que alargaron el sufrimiento hasta el trágico hallazgo del cuerpo sin vida de Mati el 30 de agosto. La mujer fue trasladada varias veces dentro del mismo hotel donde residía, ese lugar que ella consideraba su hogar, ahora convertido en escenario del horror.

Un veredicto insatisfactorio

Ocho meses después de su muerte, llegó el momento del juicio para los acusados, Heri Ridwan y Suhaeli. La condena impuesta fue de 18 años, pero ¿es suficiente? Para sus sobrinos Elena Herranz y Luis Vilariño, es difícil tragar esta decisión judicial: “¿Cómo hemos recibido la sentencia? Aún no tenemos todos los detalles porque son 400 páginas por traducir, pero francamente parece poco para lo que le hicieron a Mati.”

Siguiendo con su relato desgarrador, expresan que “la sensación es que este juicio no ha sido justo.” Ellos echan en falta testimonios clave que podrían haber aportado luz al caso: “Faltaron tres testigos fundamentales: Joaquín Campos, Mar —la fotógrafa— y un amigo cercano a Mati. Tenían pruebas claras contra otros implicados.”

¿Qué tipo de pruebas? Videos, declaraciones… Según ellos había material suficiente para imputar a otros involucrados en este crimen tan atroz. El sentimiento es claro: una profunda decepción ante una justicia que parece querer cerrar el caso antes que investigarlo a fondo.

“Nos han mentido incluso desde la policía”, lamentan con rabia. “No ha habido interés real por saber qué pasó realmente; esto no fue un simple robo.” Para ellos está claro: hubo planificación detrás del ataque.

A pesar del doloroso resultado judicial —donde solo dos fueron condenados— sienten que hay más culpables sueltos por ahí. “Son solo dos títeres sentenciados a 18 años cada uno. Ojalá sientan remordimiento algún día”, añaden con amargura.

Frente a esta situación desesperante plantean si deberían recurrir o dejarlo pasar; creen firmemente en una justicia equitativa entre países pero saben muy bien que eso no existe siempre: “La embajada estaba al tanto de nuestras preocupaciones sobre las pruebas y los testigos ausentes y no hizo nada”. Se quedan con un sabor amargo y una sensación abrumadora: “Es frustrante; este proceso se siente inacabado y como si no hubieran querido investigar realmente.”

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