El lunes, la noticia del arresto de Peter Mandelson, exministro laborista y exembajador británico en Estados Unidos, dejó a muchos con la boca abierta. Sus abogados no han dudado en alzar la voz y señalar que este arresto se basa en una premisa completamente falsa: se alegó que él planeaba huir del Reino Unido.
«Mandelson fue detenido a pesar de que había un acuerdo con la Policía para presentarse voluntariamente a una entrevista el próximo mes», explicaron sus defensores, quienes también criticaron la insinuación de que quería abandonar el país como si fuera un delincuente. La defensa es clara: «No hay absolutamente nada de verdad en tal insinuación».
Un episodio complicado para el Gobierno británico
Este escándalo no llega solo; está vinculado a las turbias aguas del caso de Jeffrey Epstein. Mandelson está bajo investigación por supuestamente filtrar información sensible sobre un rescate millonario mientras ocupaba su cargo ministerial durante el gobierno de Gordon Brown. Por si fuera poco, su reciente nombramiento como embajador en Washington ha puesto a Keir Starmer, el primer ministro británico, contra las cuerdas. Se vio obligado a pedir disculpas por confiar en la palabra de Mandelson, alegando que desconocía los detalles oscuros de su relación con Epstein.
A medida que esta historia avanza, queda claro que lo único que busca Mandelson es demostrar su inocencia y limpiar su nombre. Sus abogados han exigido al Servicio de Policía Metropolitana las pruebas que justificaron su arresto. En un mundo donde cada movimiento cuenta y las decisiones políticas parecen estar más entrelazadas con los escándalos personales, este episodio deja una pregunta flotando en el aire: ¿hasta dónde están dispuestos a llegar los poderes para proteger sus intereses?

