José es un hombre que, como muchos otros en Mallorca, ha sido empujado a vivir en condiciones extremas. Su hogar no es más que una garita, un espacio reducido de apenas dos metros cuadrados donde se amontonan sus escasas pertenencias. Y aquí, entre cartones y recuerdos, ha encontrado su refugio. En el exterior del antiguo acuartelamiento de Son Busquets, este hombre intenta sobrevivir mientras cientos pasan a su lado sin percatarse de su presencia.
Un rincón olvidado
A diario, miles de personas transitan por esa carretera que lleva a Valldemossa en Palma, pero pocos reparan en la figura solitaria de José. Su historia es una más dentro del creciente problema de emergencia habitacional que asola la isla. Con el tiempo, ha aprendido a adaptarse a este pequeño espacio donde duerme y reposa; un lugar que le da cierta tranquilidad lejos del bullicio y el juicio ajeno.
“Aquí nadie me ve y yo tampoco molesto”, dice José con una mezcla de resignación y esperanza. Antes pasó tiempo en la cárcel vieja y asegura que allí “no estaba seguro”. Ahora su refugio está rodeado por ropa usada y envases vacíos; cada objeto cuenta una parte de su vida marcada por la lucha diaria. Se agazapa para encontrar una posición cómoda mientras trata de pasar desapercibido.
La cruda realidad que enfrenta José no es un caso aislado. Muchos hombres y mujeres han dejado atrás ese antiguo centro penitenciario debido a las malas condiciones e inseguridades del lugar. Sin embargo, cuando las autoridades decidan desalojar los espacios como este, se teme que la situación empeore aún más para quienes buscan un sitio donde descansar sin miedo al qué dirán.

