El pasado 17 de febrero, Madrid se hizo eco de un informe devastador. La Misión de Observación de los Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ucrania (HRMMU) reveló que ya son más de 15.000 las personas que han perdido la vida desde el inicio del conflicto, cuando Rusia invadió el país el 24 de febrero de 2022. Entre estos trágicos números, destacan 766 niños, quienes no tuvieron oportunidad alguna ante la barbarie.
Un conteo que duele
Desde aquel oscuro día, se han registrado más de 41.000 heridos. El informe destaca que un alarmante 87% de las muertes ocurrieron en zonas bajo control ucraniano. Y no sólo eso; las minas y otros restos explosivos también han cobrado vidas, con 483 civiles fallecidos a causa de estos peligros ocultos. Las cifras continúan siendo escalofriantes: al menos 2.526 civiles murieron solo en 2025, lo que representa un aumento considerable respecto al año anterior.
No podemos pasar por alto cómo el uso indiscriminado de armas ha elevado aún más la tragedia; en 2025, estas armas fueron responsables del 35% del total de muertes. Y si pensamos que esto no puede empeorar, el impacto desmedido causado por drones ha disparado las bajas civiles en un asombroso 121%.
Aunque los números son alarmantes, hay historias detrás de cada cifra y cada vida perdida cuenta una historia desgarradora sobre familias destrozadas y comunidades arrasadas. Pero no todo es solo dolor; también hay una lucha por sobrevivir y resistir.
A lo largo del conflicto, hemos visto ataques sistemáticos a infraestructuras vitales como la energía eléctrica. En enero de 2026, Ucrania había perdido más de la mitad de su capacidad para generar electricidad debido a daños severos. Esta situación ha llevado a cortes prolongados que dejan a miles sin calefacción o acceso al agua potable durante días enteros.
Así se dibuja una realidad cruda para los habitantes; muchos edificios quedaron sin calefacción central justo cuando más se necesitaba, dejando a decenas de miles expuestos al frío invernal sin compasión.

