¿Alguna vez te has preguntado qué hay detrás de esos videojuegos icónicos como el Pong o el Tetris? En este relato, nos adentramos en su interior para ver cómo funcionan realmente. Y es que, aunque parezcan simples, estos juegos son un verdadero ejemplo de lo que significa modelar la realidad a través del diseño.
Casi siempre asociamos el término ‘realista’ con gráficos espectaculares y animaciones fluidas, pero ¡espera! El auténtico realismo no está en cómo se ven, sino en cómo operan por dentro. Un videojuego no es una mera copia del mundo; es una versión simplificada gobernada por reglas establecidas por quienes los crean. Al entender esto, nuestra forma de jugar y crear se transforma radicalmente.
Pong: simplicidad que engancha
Pong es un brillante ejemplo de sencillez extrema: un fondo negro, dos palas y una pelota. Y ya está. Aunque no simula la física real, funciona a la perfección gracias a decisiones programadas que determinan cómo interactúa la pelota con las palas. Cambiar incluso una regla puede alterar toda la experiencia del juego; tocar algo aquí es rediseñar el desafío.
Por otro lado, Tetris nos muestra otra faceta fascinante: su estructura discreta donde cada celda está ocupada o vacía. En este mundo binario, las piezas solo giran 90 grados; no hay espacio para ‘casi cabe’. Cada movimiento implica tomar decisiones claras. A pesar de sus estrictas normas, el juego se vuelve increíblemente complejo al combinar múltiples posibilidades.
Así que si alguna vez te has preguntado cómo dar el salto de ser jugador a creador, plataformas como MakeCode Arcade te permiten experimentar esa transición sin complicaciones. Puedes empezar con bloques visuales y luego aventurarte en programación real cuando estés listo. Es un viaje emocionante hacia el corazón de cualquier videojuego.
No olvidemos que estos clásicos son herramientas valiosas para aprender sobre sistemas interactivos. Nos enseñan cómo controlar y simplificar la realidad para crear experiencias inolvidables.

