En Palma, la noticia de que se van a desalojar residentes para dar paso a un futuro jardín botánico ha levantado ampollas. La ciudad, conocida por su belleza y diversidad, parece estar en una encrucijada donde el interés público choca con las decisiones administrativas. ¿Es realmente necesario sacrificar hogares por un proyecto que podría ser beneficioso?
La voz de los vecinos
Los ciudadanos de Sant Jordi han alzado la voz ante la defensa del polvorín en Son Sant Joan, mientras otros grupos piden la nulidad del proyecto de Rafal Rubí justo antes de que comiencen las obras. “No podemos permitir que tiren a la basura nuestra historia y nuestro espacio”, comenta uno de los residentes. Además, el PP se ha comprometido a reubicar a las personas sin hogar del parque de les Vies, aunque sus palabras no convencen del todo: “Tendrán su solución”, aseguran.
En medio de esta tormenta política y social, el reciente fallecimiento del exparlamentario Carlos Veramendi nos recuerda lo frágil que es todo; incluso un joven mallorquín como Xisco Quesada, quien recaudó 700.000 euros para su tratamiento contra el cáncer, ha dejado una huella profunda. No obstante, seguimos enfrentándonos a situaciones de discriminación lingüística, como lo demuestra un local que rechaza hablar en catalán: “Si no me hablas en español, no te entiendo”.
A medida que avanza la crisis del combustible en Cuba, también sentimos sus efectos aquí en el turismo balear. La borrasca Nils ha dejado vientos desbocados y vuelos cancelados; una prueba más de que estamos navegando aguas turbulentas. Por si fuera poco, el debate sobre la educación y la memoria democrática sigue abierto con cambios legislativos en marcha.
Las palabras vuelan rápido y los compromisos son difíciles de mantener. Mientras tanto, nosotros nos preguntamos: ¿qué rumbo tomará nuestra querida Palma?

