MADRID 2 Feb. (EUROPA PRESS) – Este lunes, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, se plantó frente al Parlamento y no dudó en admitir algo que muchos saben: el país «no es una democracia perfecta». Pero, ¿quién puede decir que lo es? Sin embargo, no todo está perdido; Netanyahu enfatizó que enfrenta «grandes desafíos» que, según él, ningún otro país tiene que soportar.
Defendiendo la democracia en tiempos difíciles
En su discurso, hizo un llamado a reducir la tensión en la Cámara. Nos dijo que prefiere un Parlamento «ronco» donde todos puedan expresarse antes que uno mudo. ¡Y cuánta razón tiene! Según él, silenciar a las autoridades o a la opinión pública a través de los medios sería como tirar a la basura lo poco que queda de democracia. «La gente debe decidir. ¿Y cómo se decide? Con elecciones», afirmó con vehemencia.
Aunque intenta buscar «compromisos» para lograr un «equilibrio de poder» entre las ramas del Gobierno, hay un trasfondo inquietante. Su gobierno lleva años envuelto en una controvertida reforma judicial que ha provocado protestas masivas. Para muchos críticos, esta reforma parece diseñada para debilitar el poder judicial y favorecer a Netanyahu y su círculo cercano. Y claro, la oposición advierte del peligro inminente que esto representa para la democracia misma.
Pero Netanyahu se aferra a su mantra: «Hay un Gobierno electo y cada rama tiene su propio papel». Según él, todo necesita estar interconectado como un engranaje bien aceitado. Aunque hay quienes piensan lo contrario; algunos dicen que lo más peligroso para una democracia puede ser precisamente esa misma democracia.

