Gemma Askham, una joven británica que decidió hacer de Barcelona su hogar en 2017, ha levantado la voz sobre un tema candente que afecta a la ciudad. Con la llegada masiva de turistas, ella ha notado cómo la economía local se ha transformado para acomodar sus gustos y preferencias, dejando a los barceloneses a un lado. ¿Es este el nuevo paraíso o simplemente una ilusión?
A medida que el turismo crece, cada vez más ciudadanos muestran su frustración. No solo los locales están inquietos; incluso aquellos que han elegido vivir aquí sienten esa presión. Gemma lo describe así: “Los vecinos están furiosos con nuestra llegada”, y no le falta razón.
Cambio en el aire
Desde la pandemia, esa tensión entre expatriados y residentes se ha intensificado. En 2023, se culminó un proyecto para peatonalizar calles con la idea de revitalizar la vida comunitaria, pero ahora se encuentran con ocho cafeterías de nombres ingleses en solo dos manzanas. Ella reflexiona sobre cómo estos cambios afectan el alma del barrio donde vive.
Durante sus primeros años en Barcelona, Gemma disfrutó de una vida tranquila. Pero ahora, ese flujo constante de extranjeros sumado al creciente sentimiento antiturístico está transformando su entorno. La pregunta es clara: ¿hasta dónde llegará esta transformación y qué quedará del auténtico espíritu barcelonés?

